Enrique vivía en la plaza Cronos, en un tercer piso, justo enfrente del monumento al Trotatiempos. Podía verlo desde la ventana del comedor, con el sombrero Stetson, la chupa de cuero, las antiparras, el macuto… ¡Ah! Y su talega, atada al cinturón y rellena de almendras.
Cada mañana, al salir de casa camino al trabajo, se acercaba a la fea estatua para acariciar dulcemente aquella bolsita, aquel escroto de bronce bruñido, en un velado ruego de fortuna. La placa de la base contenía un texto; el supuesto epígrafe final de la memorable obra Cronoteces y otras estupideces del famoso escritor Anónimo. Digo «supuesto» porque las letras estaban desgastadas, borradas por el tiempo. Digo «supuesto», porque nadie conservaba ningún ejemplar del libro y ya nadie recordaba qué decía la cita. Y digo «supuesto» porque las malas lenguas afirmaban que la chapa de metal ya se colocó así, ilegible, con evidente mala leche por parte del escultor.
Después de aquella caricia ritual, Enrique cruzaba la plaza en dirección a su máquina del tiempo. Hacía tanto que aparcaba allí que los vecinos le reservaban la plaza de párking. Y, como cada mañana, Enrique abría la tapa del depósito de su cronotrasto, se aseguraba de que estuviera repleto de almendras, montaba en el artilugio, le daba a los diales y desaparecía rumbo al pasado, hacia el lago en el que vivía la última tortuga de caparazón helicoidal, más conocida como Batiburrilla.
Dice la leyenda que el nombre se lo puso el inventor del primer ingenio temporal, un tal Gaspar no sé qué… La encontró en la orilla, se encaprichó de ella y se la llevó a casa para que le hiciera compañía en su vejez. También dice la leyenda que fue el extraño caparazón lo que inspiró tan grato invento. Y también se dice, no la leyenda si no la gente, que los detractores de los viajes temporales planeaban secuestrar a la tortuga con el abyecto fin de evitar que el primer cronotrasto fuera concebido. Todo eso, dicen.
Enrique no creía nada de eso, pero tenía su paguita como vigilante. Y su uniforme. Y su pistolita. Y montones de almendras a su disposición.
Y algunos días, mientras contemplaba el sol del atardecer zambulléndose en el lago, escoltado por ejércitos de mosquitos, incluso llegaba a compartir su merienda con Batiburrilla.
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
Descubre más desde Barcelona Escribe
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.



Gracies x compartir I enhorabona 🤝