—El corte es profundo, creo que voy a tener que coser —dijo el viejo pescador cogiendo un anzuelo de la caja de herramientas.
Jaime estaba tan conmocionado que fue incapaz de contestar nada, aunque dio un respingo al ver el tamaño de la improvisada aguja. El viejo la levantó a la luz de la farola buscando el agujero en el que enhebrar el sedal.
—No tengo otra cosa —comentó—. Es un poco basto y te va a dejar marca, pero al menos podremos cerrar este desbarajuste.
Le costó hacer el nudo. Las sarmentosas manos resbalaban en el nailon por culpa de la llovizna. Buscó alrededor. Encontró el trapo sobre uno de los pilotes del embarcadero, pero quedó atrapado en una astilla y se rasgó al estirar. Con el pedazo secó anzuelo, manos y se dispuso a coser.
—A ver, a ver…
Jaime gimió asustado. Trató de apartarse, pero el dolor le impidió moverse apenas.
—Tranquilo, chaval. Hay que cerrar eso. No te preocupes, he dado puntadas con cosas peores—. Puso la mano sobre el pecho del muchacho e hincó con decisión el hierro en la carne de la herida. Fueron un par de minutos, pero el pobre Jaime apenas duró medio, incapaz de soportar semejante dolor.
Cuando el pescador terminó de coser, dejó el anzuelo a un lado, recogió los trozos de trapo y trató de limpiar la sangre medio coagulada del machete antes de cortar el hilo. Luego se sentó a esperar. Intentó encender un cigarrillo, pero la lluvia no le dejó.
Jaime recobró el sentido. El viejo se palmeó las rodillas.
—¡Ya era hora, zagal! Vaya siesta te has pegado. Venga, que hay que terminar esto.
Devolvió el anzuelo a la caja, junto al cebo, y cogió al chico por las axilas para arrastrarlo hasta el final del embarcadero. Una vez allí, miró hacia atrás.
—Vaya…, se han quedado enganchadas en un madero.
Desandó unos pasos hasta la traviesa donde se había quedado enganchado el intestino; la misma astilla del trapo. Jaime presenció cómo el pescador se agachaba a recoger sus vísceras, enroscándolas en una madeja que dejó caer a sus pies.
—Las tripas. Te tienen que seguir hasta el fondo. No queremos que nos descubran, ¿verdad? —y las tiró al agua de una patada—. Ahora tú, zagal.
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
Descubre más desde Barcelona Escribe
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


