Desde niña
ya te soñaba
como un amor antiguo
casi mío
sin haber llegado.
Te esperaba
te buscaba
en la sombra
de cada abrazo
equivocado.
Y crecí
como la ola
llena de fuerza
y me rompía
contra la misma roca.
Una y otra vez
todo se llenaba
de sal,
fría,
mía.
Y volvía
al fondo
al abismo
donde Perséfone
aprendió a respirar.
En la oscuridad
me miré la piel
extraña, tétrica,
cubierta de restos
y de escamas.
En mi ausencia
no sé cuánto tiempo pasó
hasta que la luz
—mi luz—
me encontró.
Nadé,
dejé atrás
las cuevas,
toqué tierra
y entendí.
Mis manos
también crean,
hacen fértil lo seco,
llaman al sol,
abren la lluvia.
Florecen
y de pronto
ya no te buscaba
entonces, por fin,
me encontré.

Descubre más desde Barcelona Escribe
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

