Y ahora vivo en un banco.
Es muy amable conmigo, creo que me quiere. No tiene muy buena relación con las palomas y prefiere que esté yo. Así que le devuelvo el favor y lo mantengo aseado para que durante el día se sienten en él las mamás con cochecito y las parejas enamoradas sin estropearse la ropa.
Vivo en él porque mi casa me echó. No sé en qué momento se encabronó conmigo, pero se volvió áspera, incómoda. Al principio apenas se notaba: un tapizado que se rasgaba, un mueble con la pata rota, un latiguillo que perdía, el calentador frío, puertas que se descolgaban…
Luego la cosa se puso más seria. Los plomos saltaban. Los enchufes dejaban de funcionar. Los tornillos del bidé se oxidaron y empezó a tambalearse cuando me sentaba…
La relación se rompió definitivamente cuando los bajantes, durante un temporal, decidieron dejar pasar toda el agua a la cocina. A partir de ahí, el caos. La nevera dejó de congelar, la tele se hizo mil pedazos contra el suelo y el váter se atascó y empezó a escupir innombrables, entre otras lindezas.
Y un domingo fatídico mi casa decidió que me echaba, que aquel ya no era espacio para mí. Volviendo del Andrómeda, mi bar favorito para desayunar los findes, metí la llave en la cerradura y no pude darle vuelta. Estaba encasquillada.
Jamás volví a entrar.
Encontrar un cerrajero en domingo fue difícil. Cuando el hombre se presentó, los bomberos ya llevaban un rato allí. La cocina, que se animó a estallar.
Un escape grave. Ha tenido usted mucha suerte de no estar en su domicilio en ese momento, me comentó días más tarde, frente a los escombros de mi edificio, el caporal del Cuerpo que llevaba la investigación del siniestro. Yo no le dije nada de que la casa me odiaba, por si acaso. El oficial, muy amable, me pasó algunos teléfonos, para lo del seguro y todo eso. Pero yo no tenía ni móvil. Se quemó con todo lo demás.
Aunque la verdad es que me sentí liberado…
… no viváis en una casa que no os quiere, no merece la pena.
¡Chist! ¡Quita, bicho! Paloma cagona… Ni se te ocurra… ¡Hala, ya está! Tranquilo, ahora mismo lo limpio, no te preocupes. Siento haber llegado tarde… Ahora vuelvo, voy a la fuente…
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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