Mi vecino del ático, el muy cabrón, tiene un palomar en su terraza.
No tengo una particular inquina a esos pajarracos, aunque, como no dejan de arrullar, yo no dejo de escribir. Es una mierda. Cada vez que oigo a los bichos con su cu-curru-cu-cú, me entra la inspiración. Yo intento mantener el balcón libre de cacas, pero no hay manera. Y no solo el balcón; hay una paloma en concreto, la Paz Palomo, Paz para los colegas, que se pone siempre en el alféizar de la ventana del estudio y, cuando ve que voy a terminar un capítulo, la muy perra levanta el culo y se caga dentro de casa. Me tiene el parqué hecho mierda. También culpa mía, también; al estar en modo intenso, dándole al teclado, no soy capaz de levantarme a coger la fregona para limpiar aquello antes de que se seque.
Y es que el zureo de las palomas me recuerda a mi ex, Paloma. Fue una relación corta pero intensa. Recuerdo su risa desparramando el desayuno por la cama, la recuerdo masticando almendras con la boca abierta, recuerdo la pasión con la que me besaba después con su boca sucia, la recuerdo corriendo desnuda por el pasillo, recuerdo sus pellizcos en el culo cuando me afeitaba —me acaricio la cicatriz de la mejilla—, la recuerdo cayendo por el balcón.
Recuerdo la cara sin miedo, el rictus de locura, la expresión de liberación, el guiño con un «ahí te quedas, tú y las putas palomas del vecino» implícito.
Recuerdo el sonido del hueso al estamparse contra el empedrado.
Y desde entonces, cuando oigo el gru-gru, me entran ganas de escribir. Da igual dónde esté, me atacan las musas. Las putas musas.
Pero…
… es que no me gustan las palomas. Y tampoco me gusta escribir.
Cuando paren con su cancioncita de mierda, bajaré a por unas almendras. No me apetece fregar el balcón.
Igual sí que les tengo un poco de inquina.
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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MUY curioso este cuento!!! Sólo espero que esta «ex» que describes no fuera la madre del niño tan mono en la foto de tu whatsapp! 😂
Naaah…, de hecho, me encantan tanto los pájaros como escribir. Y creo que nunca tuve ningún «affaire» con nadie llamada Paloma…