Lo habíamos utilizado para casi todo. En nuestra tierna juventud funcionó como raqueta de tenis en el jardín de la casita del pueblo; llegó a ser el juguete favorito de Troncho, el Jack Rusell psicópata; e incluso sirvió como improvisado látigo castigador aquel día en que Jana llegó tarde a casa. Papá le puso el culo como un mandril con él, aunque creo que le afectó más la humillación de ponerla sobre sus rodillas y levantarle la falda que el dolor de los azotes.
Cuando murió mamá, lo metí en mi neceser y me lo llevé al pisito de soltero. Jana lo odiaba. Y Papá no lo iba a necesitar, no usaba espejos. El viejo tampoco duró mucho sin nadie que lo cuidara.
El trasto se quedó poco tiempo en el cajón del baño. Ya se le adivinaba el espíritu aventurero cuando Gloria y yo lo acabamos utilizando de improvisado juguete sexual. ¡Qué momentos…!
En el pisito fue usado de bandeja, de proyectil para las broncas, de comedero para nuestra cacatúa Carolina, de improvisada cama para el hámster que no tenía nombre… Y, cuando Jana acabó hartándose de Troncho y lo mandó a vivir con nosotros, otra vez se convirtió en mordedor canino indestructible. Pero solo un par de semanas; vivir en un ático es un hándicap que un perro histérico difícilmente puede superar. Troncho saltó desde el balcón con el espejo de los granos de mi madre en sus fauces. El cachivache, de mísero pero recio plasticuchi, sobrevivió. Troncho no, quedó escabechado contra el asfalto.
Además de añadir alguna marca aquí y allí que le daban carácter, tantas vicisitudes le quitaron lustre. A pesar de lo bien que amplió pústulas en el pasado, estaba tan rayado que ya era casi imposible usarlo para su cometido original. Apenas reflejaba ya nada, hasta que vimos un video en youtube sobre maneras de recuperar el brillo en plásticos envejecidos. Cogí el secador y le dí un repaso calórico que consiguió devolverle gran parte de la lozanía recordada.
Pero algo no fue bien.
O sí. No sé qué pensar. A ver qué opináis.
Desde que le di tralla con el secador que al espejito le ha dado por flotar. Sí, sí, por flotar. A un palmo del suelo. Y no solo eso, me sigue a todas partes. De hecho, el otro día no me di cuenta y bajé con él en el ascensor. Tuve que volver a subir para encerrarlo y llegué tarde al trabajo.
Gloria alucina, pero está encantada. Fueron pocas semanas, pero Troncho le cayó muy bien y estaba muy depre por su pérdida. Es bonito llegar a casa y verlas a las dos jugando como locas en el sofá. Locas, locas. Gloria ha decidido que es hembra.
Mi espejita de los granos.

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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