Éramos inseparables, pero hacía muchos años que habíamos dejado de entendernos. Íbamos juntos a todas partes y, sin embargo, hacía tiempo que vivíamos como dos extraños. Desde fuera nadie podía notar nada. Nunca pude perdonarle lo que pasó el día en que tanto lo necesité y me dejó tirada. Aquel día en que no supo sostenerme. Ya nada volvió a ser igual entre nosotros y, sin embargo, todo continuó sometido a una escrupulosa rutina, como si nada importante hubiese ocurrido.
Él, nunca dejo de intentarlo y seguía recordándome, a su manera, que permanecía a mi lado. Yo, en cambio, que no le había perdonado, había aprendido a no escuchar su voz. Cuando intentaba hacerse oír, no era más que el ruido de una radio mal sintonizada.
Compartíamos el día a día, pero en dimensiones diferentes. Éramos dos desconocidos que un día fuimos íntimos. Él seguía echando de menos nuestra conexión. Me lo recordaba siempre a su manera, con pequeños gestos sutiles, casi imperceptibles, que yo había aprendido a ignorar. Nuestra relación había quedado reducida a eso, a un ir y venir constante en el que nunca conseguíamos encontrarnos. Y, sin embargo, las cosas estaban a punto de cambiar, aunque ninguno de los dos lo sabía todavía.
Yo llevaba un año en plena expansión, explorando mi libertad, tan ansiada como reprimida. Redescubriendo todas mis pasiones, las antiguas y las nuevas. Poco a poco iba conquistando cada centímetro de mi espacio perdido. Descubriendo nuevas sensaciones y experiencias, con la certeza de que no quería dejar escapar nada porque era consciente de que el tiempo era finito.
Una noche, en una de mis andanzas, quedé con un amigo. Y no digo un viejo amigo porque no lo era. Y, sin embargo, era alguien profundamente familiar. Era un vínculo que se había ido tejiendo con la constancia diaria, siempre desde la distancia, donde la virtualidad había desempeñado un papel protagonista. Aun así, lo sentía cercano, a pesar de que nunca hablábamos de temas importantes. Habíamos construido un espacio hecho de conversaciones cotidianas y encuentros muy esporádicos, donde la expectativa sostenía aquello que una realidad difícilmente habría sido capaz de sostener.
Nuestro encuentro fue muy esperado. Al menos por mi parte. Fue un encuentro lleno de belleza en los pequeños detalles. Una cena sensorial, con historias escuchadas, miradas que hablaban, roces esperados, a veces sutiles, a veces no tanto… En mitad de la cena me regaló una pequeña caracola para mi colección. Un detalle sencillo, de esos que sólo tiene quien parece conocerte bien. Los dos sabíamos que íbamos a ir a mi casa. Así lo habíamos leído entre líneas. Existía la promesa implícita de que aquella noche volveríamos a compartir intimidad. Así lo esperaba yo.
Ya en casa, sentí la necesidad de alargar el tiempo. Mientras seguíamos charlando, le enseñé el resto de la colección, junto con algunos de esos pequeños tesoros y gustos que compartíamos y por los que, en la adolescencia, podían llamarte friki. El tiempo se iba acortando y sentí que él me esperaba en el sofá. Me senté y me acerqué a él, y llegaron sus primeros besos. Los primeros lo hicieron de forma tímida, casi pidiendo permiso. Los recibí con la emoción de algo esperado. Y, sin embargo, cuando noté sus labios, me parecieron otros. Luego llegaron más…Su lengua juguetona había perdido ya toda timidez y bailaba de forma desenfrenada. Todo me parecía ajeno. Esos besos no eran los que recordaba. Volví a besarlo con más intensidad y a la vez más despacio. Tenía la esperanza de encontrar algo conocido. Pero no fue así. Algo había cambiado. Misma boca, misma lengua, mismas manos…y, sin embargo, sus besos tenían un sabor desconocido. Pero no era él, ni sus besos. Era yo. Ya no era la misma. Ese primer beso me había hablado o, mejor dicho, había sido mi cuerpo. Aquella noche el reencuentro no fue con el hombre, sino con ese cuerpo al que había ninguneado durante décadas. Por fin, había vuelto a escucharlo después de tanto tiempo. Mi cuerpo, mi compañero inseparable, con el que había vivido como una extraña. Podía haber continuado en aquella escena con el hombre. Nada me obligaba a detenerme. Lo había hecho tantas veces…
Aquella noche fue una noche de amor, pero de amor y reconciliación con mi cuerpo, dejando atrás antiguas heridas y rencores. Después de muchos años de vivir como dos desconocidos, volvimos a reencontrarnos y hablar.
Descubre más desde Barcelona Escribe
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

