—Estoooo… —dio dos toquecitos de pintura plateada en el último espiral —, ya está.
Se alejó un poco del fuselaje para contemplar su obra a la claridad de la luz que se colaba por la claraboya. El enorme trisquel tornasolado que ocupaba el panel circular reflejaba la espléndida luz primaveral que inundaba el garaje. Torció la cabeza con una mano bajo el pincel para evitar que alguna gota de pintura traicionera cayese al suelo. Perfecto, se dijo. Ha sido buena idea poner los trocitos de celo en ortogonal para equilibrar el dibujo. El primer intento del símbolo le quedó un poco ortopédico, muy descompensado, pequeño y con las tres patas a distancias diferentes.Tuvo que borrar y volver a pintar el flanco de la máquina. Ahora está estupendo, concluyó. Convencido, se volvió a acercar a su obra y arrancó la cinta con cuidado. Dio un par de pinceladas correctoras más, recordando lo buena idea que fue montar la empresa de alquiler de ingenios temporales. Lástima que el hijo de puta de su primo Javier le robó la idea y se convirtió en su principal competidor. Incluso se apropió del logo, la triqueta que dibujó con boli en una servilleta de papel mientras le explicaba el proyecto: Presente, pasado, futuro… ¡Es la imagen perfecta!, le explicaba a ese cabrón. Aunque, bien pensado, el trisquel era aún más bonito que la triqueta, con sus tres puntas enroscadas.
Un chispazo repentino sobre su cabeza llamó su atención. Levantó la cabeza y vio a Neko, su gato, mirándole fijamente sobre la cabina dando latigazos nerviosos con el rabo.
—Miau.
—¿No estabas con Gabi? —recordó haberlo dejado con su hijo en la habitación de la casa contigua, con su madre. Algo en su pelaje deslucido le hizo levantar sospechas.
—¿Eres Neko?
—¡Miau! —insistió el gato. Había cierta urgencia en su maullido.
—¿Eso es sí o no?
Un segundo fogonazo, más que chispazo, hizo aparecer una versión envejecida de sí mismo justo detrás del animal. Aún con el pincel en la mano y la boca abierta, vio como ambos saltaban sobre él desde el techo del aparato, empujándolo hacia atrás. Se empotraron contra una estantería llena de trastos y cayeron aparatosamente hechos una pelota.
Y entonces llegó el tercer fogonazo, esta vez enorme.
Súbitamente, apareció sobre la claraboya una enorme impresora rotativa Heidelberg Speedmaster XL 106 21K, capaz hasta del 10% más de rendimiento en la producción de cajas plegables y un menor coste debido a su velocidad récord por caja. Unos cincuenta y un mil doscientos kilos de metal, gramo arriba, gramo abajo. Lo malo fue que, al aparecer sobre sus cabezas, la gravedad no tuvo más remedio que actuar. El trasto atravesó el techo del garaje y aplastó la máquina del tiempo con un estruendo atroz, esparciendo pedazos por todas partes.
El pobre trotatiempos, sentado en el suelo y con un cubo en la cabeza, seguía aguantando el pincel con la mano libre debajo hasta que se dio cuenta del gesto inútil. Tiró el pincel con rabia. Casi le dio a Neko, que se sacudía desde una caja de cartón polvorienta. El garaje estaba totalmente destrozado; los boquetes de las paredes mostraban el paraje ajardinado del exterior y la luz entraba a raudales por el agujero del techo. El panel recién pintado se acercó rodando, con un quejido metálico y atravesando el polvo con destellos deslumbrantes; las patas del trisquel parecían andar sobre el cemento. Su caminar murió rotando ante ellos.
—Tácticas agresivas de tu primo, querido —su réplica algo más vieja trataba de apagar las llamas producidas en su ropa por el choque y la inevitable paradoja temporal.
—Miau —asintió Neko.
—Muy sutil no es…
—Para nada, está dispuesto a matarnos. Por eso me he pasado por aquí, aunque llego un poco tarde —el viajero no conseguía sofocar la pernera del pantalón—. ¡Necesito ayuda, coñes! ¿No tienes extintor? —suplicó—. Hay que volver y venir un poco antes, a ver si nos da tiempo a apartar la máquina, que si no, esto es la ruina.
—Eso te iba a decir, ¿no llegas un poco tarde? —dando patadas a la pierna de su otro yo.
—Es largo de explicar.
—Por cierto ¿Y tu máquina del tiempo?
—Tranquilo, es intravenosa —sonrió su yo más yayo—. Pero tiene sus dificultades de ajuste. Aún no controlo mucho el proceso, estoy perfeccionando la fórmula —mientras se oían gritos y maullidos procedentes del exterior, sacó una hipodérmica de aguja y dimensiones considerables—. ¡Toma, chútate esto, que nos vamos! No queremos gatos ardiendo.
—Miau —le apremió Neko.
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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