Aquella tarde fui a casa de Carla. Cuando me dio su dirección, me sorprendió la ubicación. Estaba en la Bonanova, en el barrio alto de Barcelona. Era la primera vez que asistía a un taller de constelaciones familiares y no sabía muy bien qué iba a encontrarme, aunque me invadía la curiosidad. Hacía tiempo que deseaba explorar mi historia familiar, ya que cargaba con unas cuantas piedras en mi mochila, y me habían dicho que estas sesiones podían ayudar. Fui la primera en llegar. Carla me recibió con una sonrisa y me hizo pasar a un salón muy amplio. Mientras ella preparaba un refrigerio y bebidas para el taller, me puse a observar el espacio. Nunca había estado en un piso como aquel; señorial, lleno de antigüedades y reliquias. Y de pronto lo vi. Allí estaba. Un retrato omnipresente en el centro del salón. En un instante mi mente viajó a otro lugar, a otro tiempo.
Ya no estaba allí. Estaba en la casa de mis padres, el hogar de mi niñez. Allí también había un retrato que ocupaba el salón, de grandes dimensiones, ubicado en el centro de la pared. Permaneció allí toda una vida, desde que tengo memoria. Mi madre nunca fue capaz de descolgarlo de la pared. Yo estuve tentada de hacerlo tantas veces…Deseaba que desapareciese, sobre todo en la época de mi juventud, cuando todo el mundo que llegaba a casa se confundía, pensando que se trataba de mí misma.
Lo habían colgado allí, visible a los ojos de todos, porque tenían miedo de olvidarla. Querían hacerme creer que me parecía a ella… Tal vez fuese así, o tal vez respondiese una necesidad primaria: mantener vivo su recuerdo a toda costa, aunque eso significara sacrificarme en el camino. Nunca lo tuve claro. De hecho, siempre creí que mis ojos eran verdes porque así eran los suyos y; sin embargo, hace solo unos meses, ya siendo una mujer madura, alguien me dijo que el color de mis ojos era otro. Yo también había vivido engañada…Había crecido con la idea de que era mejor persona simplemente por parecerme a ella. Pero la realidad era otra. Aquella situación solo era un bálsamo que amortiguaba el dolor de la ausencia -para ellos, pero también para mí.
Han pasado ya varias décadas, y ese retrato todavía sigue allí, en la casa familiar. Nadie se ha atrevido a descolgarlo, ni siquiera ahora que mi madre ya no está. Cada verano, cuando regreso, pienso que lo haré, pero al final nunca me atrevo. Allí sigue. Nadie lo mira. Me pregunto qué pensaría ella al saber que su imagen causó más dolor que su propia pérdida. Aún pienso en ella.
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