Sobre la calle mojada percibía el tímido reflejo de una soledad auto impuesta, como si aquello no hubiera sido más que otro castigo por vivir. Las luces se difuminaban tras la lluvia triste, que dibujaba en la creciente oscuridad la silueta de una Barcelona omnisciente y casi antigua, tal recuerdo impregnado en los párrafos de “La Ciudad de los Prodigios”, a los que volvía una y otra vez en un vano intento de olvidar su verdad asquerosa e irremediable. ¿Cómo le iba a contar lo sucedido? A lo mejor no era la mejor idea ir al bar de siempre. El Bosco siempre había sido su lugar de peregrinaje, el sitio preferido de los amantes furiosos que no habían contemplado la posibilidad de que su historia se pudiera ir al garete por un simple desliz. Mientras caminaba, a paso lento, hasta sosegado se diría, veía el chirimiri que acariciaba los edificios de la Via Laietana en un ademán de cuidar una tierra robada y profanada en nombre de la modernidad. Sacó su móvil, un viejo android de marca desconocida; temía abrir el Whatsapp, la afrenta era demasiado obvia. ¿Y si Júlia le escribía? ¿Y si Rebeca lo veía? Pero el destino se acercaba, inexorable, y Ricardo sopesó por un momento la posibilidad de no acudir a la cita. Podía decirle a Rebeca cualquier cosa y dejarlo para otro día. Pero no, la sinceridad era su mejor bandera, no iba a traicionarla ahora. Debía acudir como un hombre y explicarle toda la verdad a Rebeca, su dulce Rebeca. Entonces recordó en un fugaz relámpago cuando la conoció, como se sonrieron, lo nerviosos que estaban la primera vez que hablaron, la timidez no tan juvenil que los arrebató en su primer beso, las primeras caricias, el primer despertar. Y ahora toda esa cascada de recuerdos hermosos estaba a punto de irse por el retrete de los desaciertos, confundidos por los «yo no sabía, no me di cuenta, no lo pretendía». Era demasiado evidente cual iba a ser la reacción de Rebeca ante los «pero yo te quiero, no me abandones, perdóname». En la calle Magdalenes las cosas no fueron mejor, el chirimiri se había convertido en diluvio y Ricardo, que no había pensado en coger el paraguas antes de salir de casa, se mojó de arriba a abajo. El frío lo envolvió aprovechando la debilidad de la ropa empapada y un escalofrío tras otro recorrieron su médula espinal, incapaz de nada ante lo inminente, lo inevitable, lo trágico. No obstante, un pequeño furor se apoderó de él; la noche con Lucía había sido lo más asombroso, animal y apasionante que le había pasado en mucho tiempo, y eso era algo que no podía admitir de ninguna de las maneras. Pero temió que el recuerdo de la noche loca lo atormentara para siempre pues se veía incapaz de olvidar su boca torcida, sus hombros suaves y sus piernas monumentales. Cuando llegó al Bosco, Rebeca lo estaba esperando, más seria de lo normal.
–¿Qué sucede? –preguntó él, temblando.
–Te he engañado con Manuel. Lo siento, no debí hacerlo, lo sé, pero ahora me doy cuenta: nunca he estado enamorada de ti sino de él. Perdóname.
Sin decir más, Rebeca se levantó y se fue de su vida para siempre.
–Vaya –alcanzó a decir Ricardo, sin más oyente que su ánimo ahora un tanto confundido.
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