Fue abrir la puerta del compartimento y recibir el bofetón en plena cara. ¡Boum! El olor a cabrales me golpeó con una violencia brutal, definitiva. Casi me desmayo. Se podría decir que esa pareja de jóvenes lo utilizaban como desodorante. Ella abría un pan de payés de kilo, utilizando una enorme trapera, mientras el rubito se peleaba con el envoltorio del queso agresor. Trastabillando ante aquella fuerza preternatural que anegaba mis fosas nasales, conseguí preguntar:
—Buenas, ¿queda sitio?
—Pasa, pasa. Precisamente estamos desayunando. —ni siquiera me miró a la cara. Siguió concentrada, degollando pan—. ¿Te apetece un poco?
—No, gracias. Justo me acabo de tomar un café —conteste, mientras luchaba por sentarme en el trozo de asiento que dejaba libre el despliegue de bolsas a medio abrir. El hueco traidor, se encargó de esconder un cargador de ordenador traicionero que acabé clavándome en el culo—. !Joder!
—Toma —mi respuesta no sirvió de nada. Me puso una rebanada de pan en las manos, hundió la navaja en el queso, arrancó un trozo y lo untó profusamente. El muchacho no pareció inmutarse por la demostración de esgrima culinario de su compañera, a pesar de lo cerca que estuvo de perder algún dedo. Siguió a lo suyo, con sus ricitos de querubín, peleándose con el pringoso film transparente.
—Gracias —atiné a decir, tratando sin éxito de sacudirme las migas del pantalón; eran de cabrales, no de pan. Acabé pringando manos y perneras.
—¿Adónde vas? —me preguntó el muchacho.
—Pues no sé —agradecido por la demora en mi nueva dieta lacto-apestosa—. Me quedé frito en un banco, me robaron la mochila y perdí el tren. Me he subido al primero que ha venido, a ver adónde me lleva.
—Un valiente. Me gusta este tío, Sandra —ella sonrío. Al hacerlo enseñó los dientes. Me pareció diabólica. Echó mano de una bolsa cercana y sacó una botella de pacharán.
Estuvimos hablando de esto y aquello, salvando el mundo y todas esas cosas que hacen los desconocidos al confraternizar muy borrachos…
… Cuando desperté estaba en el suelo del vagón desnudo, atado como un chorizo con pies y manos a la espalda y el cabrales de cojín. El olor nauseabundo se mezclaba con mi aliento etílico. En mi resacosa cabeza resonaban con violencia los golpes de las ruedas del tren contra la vías…
—¡Buenos días, bella durmiente! —me dijo la muchacha, mientras se sacaba la camiseta, la última pieza de vestir que le quedaba. Tenía el cuerpo profusamente tatuado—. Creíamos que no te ibas a despertar nunca. Tenemos unos cuantos rituales por consumar esta mañana, querido. Y tú eres el invitado principal.
Su compañero, detrás de ella, también estaba desnudo y, sí, también muy tatuado. Quedé pasmado tanto por su descomunal miembro erecto como por sus piernas de macho cabrío. Sostenía entre las manos un cojín rojo en el que descansaba la hoja, aún manchada con restos del queso de la noche anterior. Entonces me fijé en sus caras. Más bien en sus ojos: ella tenía el iris vertical de los gatos, él horizontal, como las cabras. Empecé a temblar, y no precisamente de frío.
—Así me gusta. Ese es el estado adecuado, querido —dijo ella, cogiendo la navaja del cojín y limpiando los restos de queso en uno de sus pechos mientras se acercaba— necesitamos miedo, mucho miedo.
El chico tiró el cojín hacia un rincón y empezó a aullar. A pesar de los miles de extraños dibujos que saturaban su piel podía ver las venas de su cuerpo a punto de estallar. Con una fuerza sobrehumana agarró mis ataduras y me levantó en volandas. Quedé colgando bocabajo…
No queréis saber más de lo que allí pasó, lo digo en serio. Os cuento esto porque sigo vivo. Me dejaron vivo. Desgraciadamente vivo. Satanicamente vivo.
Ahora odio el queso.
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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