Andando tranquilamente por la calle, camino de casa de mi madre y sin venir a cuento, se me cayó la memoria. La vi rebotar en los dibujos de los panots, fintando hojas de plátano y colillas. En un último golpe de cadera hizo un quiebro y se coló debajo de unas motos aparcadas en la acera.
Puta…
A mi tierna —por longeva— edad, el colágeno tiende a ocultarse para no ser quemado cuál diesel en furgoneta vieja, cosa que permite a rodillas, tobillos, espalda y alguna que otra articulación malvada el confabularse para hacer del recoger algo del suelo una tarea al filo de lo imposible. Más de una vez, cuando mi memoria se pone muy idiota, la dejo en el suelo y sigo caminando. Al final siempre acaba volviendo, toda enfurruñada.
Pero esta vez la necesitaba, no conseguía encontrar las llaves del portal. Así que me armé de valor y me dejé caer aparatosamente contra los adoquines, para regocijo de una pareja joven que celebró con risotadas libidinosas mi destreza senil para los aterrizajes. Con evidente peligro de pringue para la manga de mi sudadera y sudando debido al inclemente sol primaveral, esquivé como pude la mugre y metí la mano bajo una kawasaki de cárter más bien cochambroso. La manga no pasó la prueba; volvió irremediablemente mancillada por aceite de motor antediluviano, pero la mano que la sucedió (creo que era la mía, sí) llevaba asida con fuerza a mi memoria, la cual, a su vez, iba agarrada a un tubito de cartón coloreado.
—¿Se puede saber qué llevas ahí? ¡Suelta eso! —la recriminé.
Como siempre, la muy retentiva ni siquiera me contestó, se limitó a ignorarme fingiendo interés por el objeto, que resultó ser un pequeño caleidoscopio. Se puso a mirar por el ocular y a rotar el tubo con sonrisa infantil.
—Caramba, qué interesante. ¿Me lo dejas? —pregunté.
La memoria me alejó el tubo e hizo ademán de volver a saltar. Pero la conozco bien y estaba prevenido, pude retenerla sin dificultad. Enfadado por el enésimo intento de huida y su actitud arisca, concebí un rápido plan de castigo: le quité el tubo y, en lugar de devolverla a su sitio, me la metí en el bolsillo y me incrusté el tubo de cartón en su lugar. El efecto sobre mis maltrechas neuronas fue inmediato.
—¡Uauuu, qué gozada! —grité. Mientras oía las protestas airadas de la escurridiza de mi memoria a través de su prisión de tela, mis recuerdos empezaron a reflejarse entre ellos y se multiplicaron por mil.
Vértigo.
Cada movimiento de mi cabeza se convertía en un interminable baile de imágenes superpuestas, en una cascada de sabores, de olores, de colores infinitos que se conjuntaban de un modo disparatado.
Pasado el primer momento de desconcierto, un poco mareado, conseguí contener el torrente de sensaciones y empecé a disfrutar de los millones de combinaciones que el caleidoscopio me ofrecía. Si cabeceaba hacia adelante, recordaba mi niñez atribulada; si hacia atrás, los recuerdos recientes se apelotonaban en mi nuca; hacia los lados, la locura absoluta, el decontrol… Ya nunca conseguí rememorar nada de la misma manera. Y ya no volví a sacar a la vieja memoria, que pasó el resto del día farfullando desde el bolsillo de la sudadera.
Eso sí. Aún aturdido, desmemoriado, pasé de largo el portal y seguí caminando calle abajo, perseguido por la risueña mirada de la pareja, hasta que Teresa, la señora que cuida a mi madre, me llamó preocupada al móvil un par de horas después.
¿Las llaves? No recuerdo dónde están.
(… matarile rile rile…)
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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Muy lindo y original cuento! Os leo y admiro desde Argentina!
Gracias, Inés. ¡Un placer poder compartirlo tan lejos!