Todo un reto.
Desde que poseí a esta chica (nada sexual, no seáis mal pensados) que me lo estoy pasando de traca. Lo bueno de ser el espíritu de un chupacactus es que el planeta está habitado por millones de fanáticos de las plantas crasas. Lo malo, que el acto de posesión requiere rituales sofisticados, estudios sesudos y larguísimas esperas escondido en libros, grabados, efigies, ídolos, talismanes, amuletos, ¿qué sé yo?, para que luego el anfitrión sea un imbécil rematado y tengas que estar todo el tiempo susurrándole al oído, para que no se te mate a la primera de cambio.
La tía es una joya: lista como el hambre, curiosa, hábil (muy hábil, la he visto hacer cosaaas… pero me callo, que me pongo gorrinooo…). El caso es que es una mujer de mil caras. No abundan, no. Esta, en concreto, atesora jetas como quién colecciona sellos o elefantitos. Viajera empedernida, le encanta vagar por zocos y mercadillos. Un día, bajo una pila de libros, encontró un ejemplar maldito sobre permutación que le permitió aprender a cambiar de rostro. Como tiene un poco de síndrome de Diógenes no descarta ninguno y disfruta como una loca de ir alternándolos continuamente. Ahora mismo tiene mil veinticinco y, si sigue por este camino, a final de año va a estar en unos mil cuatrocientos cincuenta o así. No sé cómo se las arregla para gestionar tanta variedad facial: tiene siete trabajos, once novios, tres maridos, está embarazada de trillizos y se le acaba de bloquear el móvil de tanto grupo de whatsapp.
Yo no la afecto demasiado, mi nivel de posesión espiritual se reduce a obligar a dar algún que otro chupetón eventual a cualquier cosa que pinche; si puede ser cactus, mucho mejor. Pero, claro, cambiando tanto de cara tengo a mi disposición cantidades ingentes de lenguas a las que martirizar. Eso sí, no podía faltar el inconveniente: hay algunas personalidades que son auténticas adictas al dolor. Esas cabronas reincidentes no paran de volver a por más. Cuando acabo de convencer a una novel para que le pegue lametón a un saguaro, un sillón de la suegra o una chumbera, siempre aparece una de las de siempre, apretando para ser ella la siguiente. A veces son tan burras que apartan a las inexpertas con un agresivo ¡quita novata! y me joden todo el curro de convencerlas. Hijasdeputa…
Aún así no me pienso quejar en absoluto, esta tipa es un hallazgo. No tener que ir saltando por ahí, de alma en alma, compensa.
Ya se sabe, nunca puede ser todo perfecto.
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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