Ya no llevo reloj.
Os parecerá una locura, pero ni siquiera me hace falta el móvil. Por la mañana me despierta mi vejiga. Pipí, duchita, cafelito y… ¡regalito! Plantado el pino, me visto y me voy a trabajar. Llego clavando la hora. Hasta me han dado un plus de puntualidad.
A mediodía se levanta Farala, la secre nueva que lleva cuarenta y cinco años con nosotros. No falla nunca; coje su fiambrera y se sube a la planta nueve, la del comedor. Como no soporto zampar en la ofi, siempre bajo al japonés de la esquina. Me dan la mesa con el bol de ramen ya en la mano. Pollito teriyaki. Para volver al curro, solo tengo que estar pendiente de Sumire, la cocinera, que sale a fumar cuando cierra el turno. Al llegar utilizo mi técnica especial. Me encierro en el lavabo, me bajo los gayumbos y me casco una siesta de una horita, más o menos. Así evito al cabrón del jefe, que después de comer se pone en modo hiperactivo. A la que me despierta gritando… ¡segundo regalito del día! Salgo sin lavarme las manos, para que el perfume deje constancia de que era un caso de necesidad fisiológica real. Nada, media horita más y Farala, López y el Robledo se ponen las bambas para pillar el Bicing. Banderazo de final de carrera.
Vuelvo andando; el metro no es fiable, siempre se estropea. Además, así hago un poco de deporte, que la avenida de mi casa hace subida. Antes de llegar entro en el súper y me pillo algo de cena y mi tableta de chocolate, que si no no duermo. No soporto el gusto de la pasta de dientes en la cama.
Nada más entrar pongo el microondas a calentar la manduca, me pongo en pelotas, pongo la lavadora, me pongo las zapatillas, pongo mi programa favorito en la tele, pongo la comida en la mesa, me pongo cómodo y… ¡a relajarse tocan!
La tele está programada, se desconecta sola. Cuando la pantalla funde a negro, levanto el culo del sofá y me acerco al mueble del comedor. Allí hay un reloj de arena que puedo ver desde la cama. Le doy la vuelta. Apenas me da tiempo de lavarme los dientes, aliviar la vejiga, soltar el tercer regalito del día, meterme en la cama con el chocolate, para quitarme el sabor de jabón de la boca, y quedarme frito. Rara vez veo caer el último granito.
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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