Álvaro tenía doce años. Tenía un corazón lleno de emoción y todavía habitado por pequeños enfados infantiles.
La lluvia era uno de ellos.
Le molestaba porque le obligaba a quedarse en casa, porque dejaba las zapatillas nuevas sucias y porque borraba las tardes largas de juegos en el parque. Cada gota le parecía una injusticia. Le molestaba porque una tarde de lluvia era triste, oscura y fría. Le molestaba que su madre le obligara a llevar chubasquero, botas de agua y paraguas. Le molestaba que los coches, sin ningún respeto, pisaran los charcos para mojar a la gente.
Aquella tarde, apoyado en la ventana, con la barbilla hundida entre los brazos, murmuró casi como un secreto:
—Ojalá la lluvia no existiera.
No gritó.
No pidió nada más.
Solo lo pensó con fuerza.
Al día siguiente, el cielo amaneció limpio, de un azul alegre. Y al siguiente también. Y al otro.
Álvaro sonreía. Salía a jugar, corría hasta cansarse, y el mundo parecía estar, por fin, de su parte.
Pero poco a poco, algo empezó a cambiar.
El césped del parque comenzó a amarillear. La tierra se volvió seca y dura. Las flores del balcón de su madre comenzaron a inclinarse, dando muestras de cansancio. En la tele hablaban de sequía con palabras que Álvaro no entendía del todo, pero que le hacían sentir culpable. Hablaban de restricciones, de un gran desastre, de gente triste…
Una noche, al irse a dormir, notó que el silencio era distinto. No se escuchaba nada. Ni un ruido. Ni un susurro.
Entonces sintió miedo.
Un miedo suave, pero profundo.
Con los ojos cerrados, abrazando la almohada, susurró:
—Que vuelva la lluvia… por favor. No quería que se fuera para siempre.
El cielo respondió.
Llovió despacio al principio, como si dudara. Después con más fuerza. La lluvia cayó durante horas, limpiando el polvo, despertando la tierra, llenando ríos y charcos. Álvaro la miraba desde la ventana, sin enfadarse, entendiendo por primera vez que algunas cosas no están hechas para gustarnos, sino para cuidarnos.
Cuando la lluvia se detuvo, el cielo quedó limpio y quieto.
Álvaro siguió mirando por la ventana. Ya no sonreía ni se enfadaba.
Había comprendido algo que no sabía explicar con palabras:
que hay cosas que no entendemos ni valoramos hasta que las echamos de menos, y otras que deseamos sin saber que nunca deberíamos haberlas deseado.
Cerró la cortina y se fue a dormir, con la certeza de que el mundo no estaba hecho para obedecer, sino para enseñarle.
Relato escrito en el Taller de Escritura Creativa del 16/12/2025
Consigna: “Hoy vamos a escribir un relato donde la lluvia tenga un papel importante. No como decorado, sino como algo que provoca, despierta o transforma.”
Palabras propuestas: Emoción, Sucio, Frío
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