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De palabras lagartas y palabras macabras

Publicada el 15 octubre, 2025 por Federico Firpo Bodner

Hay palabras lagartas y hay palabras macabras. Las hay bastardas, también. De qué tipo son, depende del sabor que dejan en la boca, del regusto que imprimen a la lengua, de las ideas que disparan, de los sentimientos a los que se refieren. Son las lagartas las palabras graciosas, las agradables de pronunciar, las que nos llevan a algo dulce o feliz, las que al pronunciarlas nos hacen sentir la boca llena de flores frescas, como por ejemplo “banana”. Son, en cambio, macabras, aquéllas que dan vértigo, que nos sueltan sin piedad por un barranco resbaloso, las que nos encuentran a traición y nos dejan sin aire o sin ventana o sin alma, como por ejemplo “hipoteca”. Y finalmente, las bastardas son las que dan rabia, las que se dicen mordiendo, apretando los dientes y los puños, las que nos hablan de la muerte o del dolor, las que nos arrastran, nos asustan, nos hacen pelear o llorar, como “castración”, “brutalidad” o “guerra”.

Pero esta historia, además de sobre palabras lagartas y macabras, trata de la vida. Y así de traviesa es la vida, que nos conocimos en la presentación de un libro. No suelo ir a cuando se trata de ensayos, porque el nombre mismo me da una profunda sensación de incompletitud, de vacío en el estómago, como si el autor estuviera ensayando con nosotros lo que quiere decir, para después de practicar, repetirlo —esta vez bien— para la gente que importa, esos que sí van a entender tan elevada colección de conceptos astutos. Y si es así, yo ya sé que no importo. Al menos para ese autor, sobre ese tema, en ese libro.

Pero esta vez fui, y me aburrí como sabía que iba a aburrirme.

Ella estaba sentada a mi lado, con un vestido blanco que tenía una flor en el pecho. Tenía una sonrisa como tres canchas de fútbol, enorme y luminosa, una sonrisa en la que jugar en un día soleado, y en conjunto, una presencia que ocupaba todo el lugar, desterrando al ensayo, al autor, al resto del público y a mí.

Empezamos haciendo comentarios mordaces, llenos de palabras lagartas, sobre los presentes, sobre el autor, que era un poco pedante, y finalmente sobre cualquier cosa que nos convocara a la risa silenciosa.

“Abracadabra”, le dije. Ella me miró, abrió los dos ojazos y, ayudada por su sonrisa, respondió “palangana”. Y por dentro me morí de júbilo, porque supe que había encontrado a mi compañera de juegos, que no hacía falta explicarle las reglas, que ella sabía más del mundo que el mundo mismo, que no teníamos necesidad de ponernos de acuerdo en los principios para jugar al mismo juego.

Cuando la presentación terminó, nos fuimos caminando juntos. Era otoño y jugamos a pisar los charcos y las falsas baldosas. “Salpicamos” dijo ella, con los ojos brillando de puro jugar. “Salpiquemos”, respondí, y nos dimos la mano, riendo a carcajadas —palabra lagarta si las hay—. Tomamos un chocolate con churros en una cafetería coqueta del centro, y ella, mirándome, seductora, me dijo: “chocolate, azúcar, cucharita”. Yo, muerto de risa, retruqué: “pantorrillas, pelopincho, cacahuete”. Fue una tarde lagarta, disfrutada como pocas en la vida, por los dos. Alternábamos la charla seria y profunda, las ideas nobles, los pensamientos críticos, con palabras lagartas, risas y besos. Paladeábamos las palabras lagartas, las dejábamos escurrir despacio entre la lengua y los labios, asomar tras los dientes, alumbrar el silencio.

A los pocos meses vivíamos juntos. Ella, que se iba antes a trabajar, solía dejarme una nota pegada a la heladera, un post-it con una única palabra, siempre lagarta: “merengue”, “felación”, “tecito”, “mollejas”. Yo le escondía notas similares en los bolsillos o en la cartera. “Nalgadas”, “lengüetazo”, “pantuflas”, “chascarrillo”. A la noche, nos encontrábamos en casa y hacíamos un amor de juegos, con cosquillas, con mordisquitos, con seducción. Nos mirábamos largamente mientras nos tocábamos el uno al otro, entrábamos en la boca del otro, haciéndolo nuestro, estando cada uno impersonado en la mirada del otro.

Era un amor hecho de palabras lagartas, de caricias lagartas, de frotarse y quererse y morderse. Era un amor risueño y fantástico, lleno de ideas y de mimos.

“Amalgama”, dijo ella una mañana, mordisqueando una medialuna mojada en café con leche. “Plastilina”, respondí.

Los días se amontonaban como pelos arrancados en el peine, enredándose en recuerdos tejidos con palabras lagartas, con manos y besos y labios y ojos y piernas y uñas.

Hasta que un día, fue ella la que dijo la primera palabra macabra: “aburrimiento”, me espetó, antes de irse a trabajar.

Y no pareció para tanto, pero sin embargo lloré. Lloré pensando palabras macabras. “Clonazepam”, “artroscopía”, “bulimia”, “banco”, “policía”, “gasolina”.

Pareció que no había sido más que una crisis superada, pero las palabras lagartas se alejaron poco a poco de nosotros, espaciándose, abandonándonos a un transcurrir cada vez con menos alma, con menos juego, con menos sexo, con menos besos.

Y no fue hasta varios meses después, que una mañana cedí al impulso de esconder en el bolsillo de su abrigo una nota macabra: “derrumbándonos”, escribí. Dos días después, otra palabra macabra me abofeteó desde la puerta de la heladera: “enfriamiento”.

Hubiese querido saber qué hacer, saber rescatarnos de ese espiral de vocablos tensos, de conceptos heridos, de sentencias fugaces. Y ella también, creo, se lamentaba de sus brechas del silencio, de la falta de apetito de su cuerpo, de la disminución de su sonrisa, de la huida hacia adentro. Yo podía adivinarlo en sus ojos apáticos mientras se cepillaba los dientes, en los pasos cansados que bajaban la escalera de salida, en los gestos lánguidos con los que se colgaba el bolso o sacudía las llaves, y sobre todo, en el silencio.

Sin previo aviso, la empresa para la que trabajo me envió a Finlandia. Tenía que recibir una formación de dos semanas, aparentemente para ser más efectivo vendiendo teléfonos celulares. Y allá fui. El frío animal de Helsinki me comió de dentro a afuera, me contrajo, me hizo sufrir su ausencia, su distancia. Recibí un email que tenía, solamente, una palabra macabra: “triste”, había escrito. Le respondí una lagarta: “lucecita”. Las dos semanas fueron eternas. Intercambiábamos palabras lagartas y macabras intermitentemente, sin razones ni arrepentimientos, solamente por seguir comunicados, por hablarnos, por ofrecernos algo, por manotear a la distancia un amor que se nos escapaba por la ventana. Cuando volví, noté algo distinto en el aire viciado de la casa. Un silencio sobrenatural, en el que se podía leer la sed de las hortensias, la melancolía de los tapices norteños, el hibernar narcótico de las cortinas cerradas, la ensoñación imperturbable de los muebles dormidos, la paciencia esparcida del polvo en las superficies planas, la tristeza de los techos, el quejido inaudible del pasillo oscuro, la soledad inmensa de la cama tendida, sobre la que había dos almohadas muertas y un papel, con una sola palabra bastarda: “terminamos”.

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Federico Firpo Bodner
Federico Firpo Bodner

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.

Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.

federicofirpobodner.com

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