Ocurrió por azar. Así como el descubrimiento de los cronotrastos sucedió después de muchos estudios, pruebas y ensayos de mentes brillantes hasta que alguien dio con la solución, mi máquina fue una simple casualidad, un error puntual.
Como soy pobre, fui a Ikea y me compre el traje de trotatiempos y un set de montaje de esos de baratillo. Do It Yourself, motherfucker, me dije. Las instrucciones son claras sobre lo que puedes o no puedes hacer, pero un par de tornillos intercambiados produjeron un efecto tan curioso que, al poner el artilugio en marcha, se creó un enorme burbuja de inmovilidad temporal. O sea, que detuve el tiempo.
Pasado el primer momento de desconcierto, me concentré en todo aquello que había quedado dentro de la esfera; los objetos inanimados tenían un aspecto diferente, como si hubiesen perdido color. Una taza de té, el azúcar, la mesa de roble, algunas herramientas y el mismo aparato emisor aparecían desaturados, pero no me hubiese dado cuenta del efecto de no ser por Paréntesis, el intensito de mi Jack Russell, que se mantenía congelado a mitad de salto, con el destornillador entre sus fauces y con un par de llaves allen a su lado, suspendidas a un palmo del suelo.
Ahora soy inmensamente rico. Como propietario de la patente del interruptor temporal he podido comercializarlo. Ni siquiera tuve que pedir dinero prestado al banco. El acierto fue encontrar un sistema para introducirme en la burbuja sin sufrir sus efectos. Ahí me lo curré, por fin sirvió de algo mi máster en ingeniería de sonido. Pero no os voy a dar la lata con tediosas explicaciones técnicas, basta con que sepáis que perpetré algunos de los más sonados atracos del momento.
Aún así, el futuro se presenta incierto. Intenté mantener un perfil bajo, pero la mafia rusa ya se ha puesto en contacto conmigo y tengo detrás a siete gobiernos, once bancos y un sin fin de fondos buitre pidiéndome entrevista. Voy a tener que ampliar el negocio y empezar a delegar funciones. Tampoco descarto alguna OPA hostil. Quizás lo mejor sea mandarlo todo a la mierda y vender.
Si es que uno no puede tener un golpe de suerte sin que aparezcan tarde o temprano las hienas…
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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