Cuando llegué a Ciudad Croqueta hacía un tiempo de perros. Y yo, como un idiota, con los pies empapados en mis mocasines de charol. Saqué el iPhone –no soporto el puñetero sistema Android de mierda– y busqué el barrio vasco en Google. Ok, tres calles a la derecha, me dije, tirando el móvil mojado a la papelera.
Un tipo me miró raro.
—¿Has tirado un iPhone? —Y se acercó para hurgar en la basura.
Joder, pensé. Ahora lo tengo que matar. Como no podía usar el arma escogida por mi contratador –luego os lo explico–, saqué la cuerda de guitarra y se la enrosqué en el cuello. El muy imbécil forcejeaba conmigo, no para salvar su vida, sino estirando los brazos para alcanzar el puto teléfono. Los humanos somos tan raros…
La oscuridad del crepúsculo lluvioso evitó que nadie me viera cargarme al gilipollas y pude dejarlo tirado al lado de un contenedor –la farola fundida del callejón ayudó; no se veía un pijo–. Eso sí, con el esfuerzo me desorienté y tuve que volver a coger el jodido móvil para recordar la dirección. Me puse perdido. Esta vez me aseguré de que nadie más me viera tirarlo, y lo hice en una alcantarilla.
Cuando llegué al barrio la lluvia se afinó, como respondiendo a la llamada del clima euskaldún al que hacía honor el nombre del lugar. Daba igual que estuvieramos en el paso de Despeñaperros, Jaén, con una temperatura de 45º grados a la sombra. Si ya era raro que lloviera, imaginad lo improbable de hacerlo en chirimiri.
El caso es que llegué empapado al Txakoli, bar de tapas donde me encontraría con el dueño, un tal Federico, armario ropero de pelo gris que debería morir ensartado en la trapera de veinticinco centímetros que el cliente me había proporcionado. La navaja tenía que ser devuelta metida en una bolsa de plástico, sin limpiar, como prueba en su salsa.
Pero no había ni rastro del sujeto. Pregunté en la barra. Había salido. Mierda. Una lucecita se encendió en mi cabeza: tamaño, edad, ropa, color de pelo…
—¿Llevaba una gabardina de color marengo? —interrogué de nuevo al camarero.
—¡Seeeh! Un día se la robaré, es superchula.
Saqué la trapera y salí de la tasca corriendo, resbalando con mis zapatitos sobre los adoquines mojados, desandando el camino para ver si me daba tiempo a darle unas cuantas puñaladas al tonto del móvil antes de que la policía encontrase su cadáver.
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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