12 de Abril
El día que se conocieron, Kira lo encontró antipático y hasta un poco cascarrabias. Había llegado algo tarde al encuentro del grupo y solo quedaba un sitio libre, justo al lado de Marc. Se sentó a su lado y buscó con la mirada alguien conocido. -Menos mal que conozco a alguien- pensó, al ver a Xavi -con quien había coincidido en varios encuentros- y que estaba sentado justo enfrente. Hablar con desconocidos siempre le suponía un esfuerzo extra y, últimamente no estaba para muchos sacrificios. Empezó a bromear con Xavi sobre una excursión a la que no había podido ir por culpa de una mala organización. Así comenzó la conversación entre los tres, Kira, Xavi y Marc, quien sí había asistido a aquella misma excursión. A Marc, el tema parecía interesarle, y estuvieron charlando un buen rato.
La cena transcurrió tranquila y desenfadada, entre temas banales y bromas. Todo quedó ahí. Al día siguiente, Marc le escribió y retomaron su conversación sobre viajes. Aquella primera impresión sobre él no había sido demasiado buena, pero fue mejorando a través de sus mensajes de Whatsapp. Después de varias conversaciones, quedaron un día para comer. Ella aceptó más por curiosidad que por cualquier otra razón. Siempre le atraían las personas peculiares, y Marc tenía pinta de serlo. Saliendo de aquella comida, pensó: – Solo seremos buenos amigos. No es para nada mi tipo, demasiado egocéntrico-. Sin embargo, al cabo de unas semanas empezó a soñar con él de forma recurrente, en los que siempre estaban de viaje en todo tipo de artefactos – desde avionetas hasta globos-, y en los cuales conversaban tranquilamente en situaciones extrañas y peligrosas. Una mañana, Kira se despertó con la certeza de que Marc estaría un tiempo en su vida.
Se sucedieron las llamadas y los encuentros entre ellos, con un aumento progresivo del flirteo por parte de Marc, y así ella empezó a verle con otros ojos. Le resultaba un hombre misterioso, ya que hablaba muy poco de sí mismo. Siempre se sentía atraída por las personas difíciles de leer. Era como si intentara resolver uno de sus experimentos, de esos que no salen bien a la primera y hay que repetir varias veces con diferentes aproximaciones. Le divertía descifrar a las personas, con la emoción de no saber qué información lograría descubrir. Era un juego para ella. De hecho, aunque había estudiado física, su primera vocación había sido estudiar el comportamiento humano. Su forma de observar a los demás para conseguirlo iba más allá. Utilizaba una estrategia bien organizada y hacía lo mismo que los científicos al recoger datos para contrastar una hipótesis. Acostumbraba a actuar así cada vez que conocía a alguien. Se fijaba en aquellos pequeños detalles: un gesto en un momento dado, una mirada más tiempo del habitual, un comentario aparentemente sin importancia, una pregunta casual… Aunque luego la balanza siempre se decantaba a favor de su impresión emocional.
En general, acertaba muchas de las ideas que había postulado inicialmente sobre las personas que conocía, y eso le provocaba un cierto placer. Era como si verificara qué podía adelantarse a los acontecimientos antes de que ocurriesen, como si se tratara de una adivina en su consulta del tarot. Pero siempre podía hacer su análisis científico sobre qué información objetiva le había llevado a aquellas conclusiones. Era su manera de reconciliarse con su parte más racional.
Esta vez, sin embargo, iba a ser diferente. Su relación con Marc se volvió un poco más cercana e íntima físicamente, pero él seguía siendo un desconocido, alguien al que no lograba descifrar. No lograba interpretar las señales objetivas, y eso le provocaba cierta ansiedad. Así que decidió tomar distancia durante un tiempo prudencial. Desde niña, Kira había llevado mal la incertidumbre, y con él todo era justamente eso, una inestabilidad constante. Era como convivir con el Dr. Jekyll y Mr. Hyde; nunca sabía quién iba a presentarse a la cita. Ni siquiera la distancia entre ambos logró disipar los sueños esporádicos de Kira en los que él seguía apareciendo, siempre en escenarios desconocidos y extraños. Tal vez su inconsciente no quería dejarlo marchar todavía.
Después de varios meses sin contacto, volvieron a escribirse y se reencontraron aquella noche. Quedaron para cenar en uno de esos restaurantes originales, donde los platos siempre te sorprenden, algunos por evocar momentos de la infancia, y otros por ser tan extremadamente creativos que no logras identificar que estás comiendo. Todo transcurrió como ella esperaba. Hacía tiempo que no se veían y aprovecharon para ponerse al día sobre sus últimos viajes, anécdotas y cotilleos. Las horas pasaron rápido. Curiosamente, aquella noche él estuvo más comunicativo que de costumbre, hablando de forma un poco más cercana sobre su día a día. Lo curioso no fue lo que hablaron, sino lo que Kira sintió después. Hacía mucho tiempo que no le ocurría. A veces, era como una esponja capaz de absorber los sentimientos y estados de ánimo de las personas más cercanas a ella. Pero eso solo le resultaba fácil con los amigos más íntimos. Sin embargo, ellos dos, en realidad, no lo eran. Se habían visto pocas veces y sabían muy poco el uno del otro.
Aquella noche, mientras paseaban tras la cena, Kira sintió que le llegaba una información extraña sobre la vida de él que no sabía cómo interpretar. En realidad, era como si pudiese percibir sentimientos que procedían de Marc. Al principio dudó, pensando que tal vez eran suyos, pero enseguida reconoció que no le pertenecían. Sintió un peso enorme, una profunda culpa y una gran tristeza. Percibió como él se sentía incapaz de amar y, sobre todo, poco digno de ser amado. La pena y la ternura la invadieron. Todas esas emociones se tradujeron en imágenes, algo familiar para ella: la presencia de una pérdida ligada a una gran culpa. Entonces lo entendió todo. La historia entre ellos había terminado antes de comenzar, como en la película, Pequeñas Casualidades del director Olivier Treiner, donde la vida no se define solo por lo que eliges, sino por todas las posibilidades que se perderán en el camino, sin que llegues a saber nunca que existieron. Solo quedaba esperar que el tiempo hiciese su trabajo y todo se diluyera lentamente. Le hubiese gustado pasar aquella noche con él y amarlo. Amarlo mucho. Una despedida consciente. Kira se miró hacia dentro. Tal vez era una romántica, pero prefería sentir con intensidad que vivir como tantos otros, donde en la vida nunca pasa nada, donde la anestesia para acallar la ignorancia y el dolor impera ante cualquier emoción posible. Una vida sin drama, sin pasión, sin riesgo, donde todo está subordinado al ruido del ego.
También entendió que algunas heridas antiguas se le habían reabierto esa noche. Estaban ahí, recordándole que todavía tenía asuntos pendientes. Sintió dolor, no por lo perdido, sino por lo que jamás sucedería. Un dolor emocional que empezaba, poco a poco, a colonizar su cuerpo. Eran sentimientos tan invasivos que no podía ignorarlos. Se alternaban dentro de ella como si se tratase de un baile, a veces sentía sus propios sentimientos, a veces sentía los de él. Pero su mente analítica, entrenada para desmenuzar la realidad y ponerla en cajas ordenadas, se resistía a creer en este tipo de intuiciones. Nunca había vivido algo así con tanta claridad. Recordó entonces algo que le había dicho su amiga Angi, la que se dedicaba a las terapias alternativas y la más mística de su grupo de amigas. -Tienes una sensibilidad especial para percibir información que nadie puede ver -le había dicho Angie hacía tiempo.
Kira estaba desconcertada. Ahora tenía unas ganas tremendas de preguntarle directamente a Marc si aquello que había sentido sobre él era real o puro invento.
Se quedaría con las ganas, porque no quería que la tomase por loca. Tampoco estaba en un experimento de ciencia…pero hubiera dado cualquier cosa por tener una explicación científica para lo que estaba pasando. ¿Se trataría de señales efápticas intercerebrales? Eso no existía… No quería que sus amigos más íntimos, la tomaran por una “domadora de unicornios” cuando les contara aquella historia. No la iban a creer. Tal vez nunca les explicaría aquello.
G. E.
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