Siempre me ha costado mucho aceptar regalos. Y, sin embargo, me gusta que me los hagan. Sobre todo aquellos que alguien te hace cuando se ha quedado con aquel pequeño detalle que te ha emocionado y, después de mucho tiempo, aparece con ese presente que te hizo estremecer. Estas situaciones siempre me pillan desprevenida y no puedo evitar emocionarme. Por eso, siempre prefiero hacerlos yo. Me siento más cómoda. Me entretengo observando. Y, cuando encuentro aquel objeto o detalle que sé que emocionará, que abrazará el corazón de alguien importante, me emociono de tal manera que parece que el regalo me lo esté haciendo a mí misma.
Recreándome en estos pensamientos no he podido evitar acordarme de aquel día que me invitaste a tu casa a comer. Son ya casi cuarenta años que nos conocemos y hacía tiempo que no nos habíamos visto. Hay amistades que perduran siempre. Una comida con tu familia: tu mujer, tu hija, tu madre, tu padre. ¡Tus padres! Hacía una eternidad que no los veía. Todavía recuerdo los fines de semana que pasaba en tu casa. Me hacían evadirme de mi realidad. Además, tu madre cocinaba tan bien… Era tan divertida y ruidosa que era capaz de hacerme olvidar todo.
Aquel día, cuando llegué a la hora de comer, ella me estaba esperando impaciente. Parecía que no había pasado el tiempo y que nos habíamos visto el día anterior. Lo único que nos delataba eran las ligeras lágrimas que aparecieron en los ojos de ambas al abrazarnos. Antes de dejarme sentar a la mesa, me dijo que tenía que hacerme un regalo. Se acercó a un potus que tenía en una esquina y me lo dio.
—¿La reconoces? —me preguntó.
Al principio dudé, pero después lo supe. ¿Sería posible que fuese la misma planta después de más de treinta años? No, no podía ser. Al final me lo explicó.
—No, no es la misma planta. Es un esqueje de aquella que me regalaste hace más de tres décadas. Siempre la cuidé —me dijo.
Estaba de pie junto a la mesa del comedor y tuve que sentarme. Sentí un enorme nudo en la garganta y empezó a llegar una avalancha de recuerdos…
Recuerdo que hubo un antes y un después de aquello. Aquella planta que compré y llevé una tarde a tu casa. La misma tarde en que volvías del hospital. Nadie tenía claro qué pasaría después de la reunión con los médicos. Esa palabra, tabú todavía para muchos, resonaba en mi cabeza. Esa palabra que pronunciaron cuando nos dieron tu diagnóstico y nos hizo estremecer de miedo a todos. Solo tenías dieciocho años. Y, sin embargo, ahí estabas, con esa apariencia tranquila que te caracteriza. A veces he pensado si realmente te sentías así en aquel momento, si no querías preocuparnos o si, simplemente, estabas desconectado de ti mismo para sobrellevarlo.
Ha llovido mucho desde entonces. Estudiaste biología, acabaste tu doctorado en oncología, te fuiste a Estados Unidos, te casaste, tuviste una hija y, ahora, aquella planta era el regalo que nos recordaba a todos que finalmente todo salió bien. Ese regalo que fue de ida y que ahora, de algún modo, volvía a mí. Ahora la tengo en casa, en mi rincón preferido, donde le da el sol cada mañana.
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Grande!!!