En la burbuja creada en su susurro no recordé que debía escuchar antes de gritar. Hay secretos que se los lleva el viento y hay secretos guardados en el corazón. Su burbuja confidente era del segundo tipo, embalsamado por hordas de deseos futuros, enlazados a través de los invisibles átomos de la ignorancia.
Mientras comía la pasta del día anterior, tan sabrosa, tan galáctica, su secreto penetró en mis universales moléculas para recordarme que el universo no tiene porqué ser uno, así como tampoco mis deseos.
Entonces, cierto día, aún consternada por el burbujeante secreto, me di cuenta de algo: ni la Tierra es plana ni los deseos eternos, pues junto a mi mente algo más va a terminar. Quizá, el mejor deseo sea celebrar la vida y no esperar algo que nunca habrá de llegar.
Así las cosas, aquel cósmico susurro, plagado de moléculas aromáticas llegadas de lo más profundo de sus entrañas, llegó a mis sentidos para explicarme que la vida sin deseos parece ciertamente vacía, pero si hay demasiados, nos encontramos sometidos al terrible mal del desasosiego.
¿Y cuál era su secreto? La verdad, no me acuerdo. Pero a lo mejor, que Dios ha muerto. Y sin Dios la vida podrá florecer sin susurros, sin burbujas y sin pasta recalentada pero siempre estará compuesta de átomos nacidos en el interior de estrellas muertas.
– ¡Bah! ¿Pero qué dices, cariño? Estás delirando otra vez.
Sin embargo, yo ya no le oigo. Me he perdido en su…
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