El lodo embarraba sus delicados zapatos mientras sus pies se hundían en aquel terreno húmedo y ensuciado por la lluvia, removido por las pisadas anónimas que iban y venían a través de aquella nueva maravilla de la modernidad. Excuse me, dijo al chocar con un desconocido apresurado. Oh, sorry, murmuró cuando se topó con una mula hambrienta. Por un momento fugaz dudó si echaba de menos su Chicago natal o si, por el contrario, le estaba resultando fascinante todo lo que estaba viendo últimamente. Barcelona no tenía nada que ver con Chicago, ni con el tipo de gente, ni con las industrias que estaban en marcha en aquellos tiempos ni tampoco con el clima, mucho más frío en el norte de los Estados Unidos que en la costa mediterránea. No añoraba el frío ni el trajín de las máquinas traga todo de su ciudad, aunque sí que recordaba, no sin cierta melancolía, la educación y la comodidad de sus semejantes, yanquis que nunca dejaban de sonreír si no era porque habían perdido alguna apuesta. Pero ahora estaba al otro lado del Atlántico, en una costa lejana que ninguno de sus antepasados había conocido nunca. Sus abuelos fueron emigrantes irlandeses que se establecieron en el norte de los Estados Unidos poco después de su independencia, allá por el 1789 y antes de la Gran Hambruna que azotó Irlanda a partir del 1845.
Poco a poco, Geraldine se abrió paso entre la multitud hasta que sintió que su pie pisaba algo. What is this, se preguntó, a la vez que se agachaba a recoger el pequeño fardo. En el saquito encontró un boleto o algo parecido en el que rezaba: «Invitación a un viaje fabuloso en el Transmutador del Tiempo. Acérquese a la Tienda número cuatrocientos siete y pregunte por el señor Oriol». Afortunadamente, Geraldine pudo entender aquella frase escrita en castellano, y picada por la curiosidad, se dirigió apresuradamente hacia allí. Al llegar, después de caminar unos diez minutos, a lo sumo, vio que la tienda tenía un rótulo de letras amarillas y rojas en donde estaba escrito: La Tienda del Tiempo. Cuando entró, un hombre salió a su encuentro, alegre y jovial. Sus ojos centellearon, como si los azares de aquel hombre hubieran sido más benévolos que los de los demás.
–Bienvenida –saludó el hombre.
–Gracias –respondió Geraldine, con su particular acento americano.
–American?
–Oh, yes sir.
–Wonderful. Do you want to travel far away?
Entonces Geraldine frunció el ceño, incrédula. ¿Qué otro viaje más intrépido que cruzar todo el océano Atlántico podía ofrecerle aquel sujeto tan carente de casi todo? Pero la intriga fue superior a la desconfianza y asintió con la cabeza.
–Well, well, well, my lady. Please, come with me.
Entonces, quien presumiblemente debía ser el señor Oriol, la llevó ante una cúpula que parecía estar hecha de bronce y hierro.
–Come in, my lady, and make yourself comfortable.
Sin pensárselo dos veces, Geraldine hizo lo que el hombre le había indicado. Entró dentro de la bóveda y se sentó en el taburete que había dentro. Entonces, el hombre cerró la puertecilla y empezó a girar la manivela que estaba al lado.
–Now, close your eyes! –vociferó, desde fuera. Entonces, Geraldine cerró los ojos, entre expectante y divertida. De repente, empezó a escucharse una especie de zumbido, que duró unos minutos, y cuando cesó, volvió a abrir los ojos. Empujó la portezuela con suavidad, esperando ver al hombrecillo en la trastienda. Pero cuál fue su sorpresa cuando lo que vio fue algo completamente diferente. Frente a ella se alzaba una gran mole cuadrada salpicada por lo que parecían pequeñas ventanas rectangulares, y la calle era extraña, pintada con líneas en el suelo por donde pasaban una especie de máquinas metálicas que iban sobre ruedas negras; desconcertantes aparatos que iban y venían a toda prisa. La gente iba vestida con ropas raras y las mujeres enseñaban demasiada piel. ¡Había hombres a quienes se les caían los pantalones! Por todos lados había moles cuadradas, hasta donde alcanzaba la vista, y el ruido era ensordecedor, hasta el punto de ser insoportable para unos oídos acostumbrados a los apacibles traqueteos del siglo XIX. No supo a donde ir, así que empezó a caminar sin rumbo, pero un “ding, ding, ding” la asustó. Estuvo a punto de ser atropellada por una gigantesca máquina sin ruedas pero que iba sobre raíles, al estilo de los tranvías que recorrían las calles decimonónicas de las principales ciudades del mundo. Luego, se fijó en que la gente la miraba. Algunos lo hacían con curiosidad, otros con una sonrisilla burlona y otros, sorprendidos. Geraldine era la típica mujer pudiente de finales del siglo XIX así que, vestida como iba con el apretado corsé, la amplia falda y el cuello alto, desentonaba en aquella nueva ciudad donde la gente vestía raro y con escasas prendas de ropa.
So, that’s it, se dijo. Aquella máquina, el Transmutador del Tiempo, era algo parecido al Anacronópete, un artefacto que traspasaba edades y siglos según una novela que había leído justo después de su publicación, allá por 1887. Aunque el artefacto de la novela era algo distinto: se trataba de una caja enorme de hierro fundido que funcionaba gracias a la electricidad. Geraldine estaba segura de que había viajado a algún momento del futuro, no le cabía la menor duda. A lo lejos, distinguió algo que le resultó familiar: el Arc de Triomf. Así pues, empezó a caminar hacia allí, preguntándose si aquello era un milagro o si, por el contrario, era una maldición.
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