No quise mirar atrás. Dejaba Barcelona a mis espaldas. Dejaba Barcelona en pleno agosto en uno de los veranos más calurosos de los últimos tiempos. Pero no solo dejaba el calor de las altas temperaturas sino las esperanzas de una vida que se había esfumado. Notaba el duro pesar del fracaso. El aeropuerto estaba abarrotado de viajeros que llegaban con ilusión para ver las grandes atracciones turísticas. Pero yo estaba abandonando todo eso, toda ilusión, toda la alegría. Tenía en mi bolsillo un único billete de ida.
Cuando el avión despegó, me di cuenta que no me importaba el destino, quería ir lejos. Muy lejos. Después de muchas horas, el avión aterrizó en un lugar distante, pero a la vez cercano. La ciudad me recibió con indiferencia. Era una ciudad con varios millones de habitantes, pero nadie miraba a los recién llegados. Yo era una sombra sin pasado dentro de una gran multitud y buscaba un futuro en un idioma que aún me sonaba extraño.
Empecé a deambular y caminé sin rumbo por las calles mojadas, dejando que los fuertes olores del sistema de alcantarillado y comida me envolvieran. Shanghai no era Barcelona, pero en algún rincón, entre el humo de los coches y el tintineo de las bicicletas, quise imaginar que tal vez, algún día, podría llamarla hogar.
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