—¡Buenos días! ¿Tiene usted los permisos para quemar personas?
Me quedé helado. No tenía ni idea de que se necesitara ningún permiso. Llevaba varias semanas muy saturado de Mamá y esa noche solo me apetecía hacer una hoguera en el patio con su tele, su sofá y su mesita baja de mierda, para luego tirarla dentro. En bata y pantuflas. Con sus gafas y sus bragas color carne. Con todo, vamos.
—Pues no —respondí—. No pensé en que necesitara ningún permiso, señor guardia.
—Le haría falta un trescientos tres para la hoguera, un treinta y tres barra tres para la incineración, un tres guión sesenta y nueve, en caso de familiar directo, y una copia compulsada de Pompas Fúnebres del documento de tratamiento de residuos orgánicos. La vacuna del tétanos es opcional.
—Uh…, pues no. No tengo nada de todo eso.
—¿La del tétanos tampoco?
—Siempre tuve una salud de hierro, agente. Mamá nunca consideró necesario reforzar mi, ya de por sí, recia constitución innata.
—Bueno, bueno… —el municipal no dejaba de escribir en su bloc—. Creo que podemos arreglarlo…
—Estaría bien, sí… —la cosa me iba a salir la torta un pan.
—Si se toma usted estooo… —metió la mano en su zurrón de cuero, rebuscando.
—¿Me va a disparar? —pregunté, azorado, pensando que iba a sacar una pistola.
—¡No, hombre, no! —y me mostró un botellín de esos pequeños, de cristal color verde champán, sin etiquetas—. No sea usted retorcido, hombre. Solo tiene que tomarse este elixir.
—Uh…, ¿elixir?
—Sip. Es el último grito. Le soluciona el tema de la tramitación en un plis plas. Eso sí, se lo tiene que beber del tirón, sin dejar ni gota.
—¿Y ya está?
—Del tirón. Ni una gota. Y se libra usted del papeleo. Bueno, del documento de Pompas Fúnebres no. Esos cabrones van muy por libre. Tienen un negocio montadooo…
Me entregó el botellín.
Lo miré intrigado. Cómo avanza todo, pensé. Un traguito y ya está. Me armé de valor, desenrosqué el tapón y, sin pensarlo dos veces, me lo eché al coleto.
—¡Puaj! Tiene un gusto horrible.
—Lo siento, aún se está trabajando en ello. Pero ya se sabe, estos malos tragos hay que pasarlos —se encogió de hombros.
—¿Y ya está? —me repetí.
Ya. Mañana, cuando amanezca, nos trae el documento que falta. Compulsado, recuerde. Seguro que esta noche están de guardia en la funeraria. Disfrute de su fogata, caballero —y se alejó, anotando algún dato rezagado en su libreta.
A mi espalda, en el patio, explotó algo. La tele, seguro, supuse.
Mamá seguía ardiendo.
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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