Aquellas Navidades fueron unas de las más felices de mi vida.
La alegría se palpaba en el ambiente.
Me colocaron muy cerquita del nacimiento, en un lugar donde todo el mundo podía admirarme. Los niños se interesaban por mí y preguntaban por la oveja que llevo a mis espaldas. Una y mil veces querían escuchar la historia del nacimiento, la anunciación y la adoración. Ahí yo jugaba un papel principal, estando casi a la altura de los Reyes Magos. Me sentía protagonista del espectáculo, en medio de aquel festival de luces y alegres villancicos.
Por las noches, cuando todos dormían, empezaba nuestra fiesta. Intimé con el “caganer”, muy cachondo el chaval, hice también buena amistad con el “Papa Noël”, el “Tió” que nos miraban desde la estantería de enfrente y con otros extranjeros que compartían escenario conmigo. En general había muy buen rollete entre nosotros.
Pero lo mejor de todo fue el feeling que tuve con María y las confidencias que me hizo. Ella no es como nos la imaginamos. La Virgen, no tan feliz con su situación me confesaba:
“Nos ha jodido el Ángel. Me tenía que tocar justamente a mí aguantar y tener que parir en este lugar inmundo con un frío que pela. Y de José estoy hasta el moño porque, muy santo muy santo pero pasa todo el día con la vara mirándome y no me atrevo ni a piular. Eso sí, el niño me ha salido bueno. No llora ni pizca, supongo que de tanto frío que debe pasar el pobrecito ahí tirado medio desnudo. Aterido está. Pero como no me han dado más que un pañalito de lino y dicen que mejor no lo tape, que tiene que dar ejemplo de humildad, pues aquí estamos, aguantando el tufo del buey y la mula, que mira que les huele mal el aliento”.
Yo habría matado mi oveja para hacerle un vestidito al niño y me hubiera fugado con ella a un lugar donde nadie nos conociera para empezar de nuevo. Y así se lo hice saber. Porque yo la amaba. Y teníamos planes.
Pero como todo en esta vida, el final llegó. Se acabaron las fiestas y apresuradamente nos guardaron en una caja para ir al desván, con tan mala suerte que fui a caer por detrás del radiador sin que nadie se percatara.
Y aquí llevo años, aburrido, solitario, sin que nadie me eche de menos, esperando en vano que me encuentren y comprobando cómo otro ha usurpado mi lugar.
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