Los cabrones lo consiguieron.
Fue llegar a la treinta y dos, pasar página y, ¡fsssh!, combustión espontánea.
—¡Cagüendiós! —grité, sacudiendo una mano en llamas y chupando las yemas churruscadas de la otra. El libro cayó sobre la moqueta envuelto en humo negro, echando ascuas. Lo pisoteé para evitar males mayores.
Los muy hijos de puta habían conseguido instalar un virus en el libro convencional, en el de papel de toda la vida.
—¡Hannah! —le grité a la IA, mientras me acercaba al baño para poner las manos en agua—. ¿Cuáles son las previsiones de propagación de la mierda esta…? Lo de los libros, digo…
—Hmmm…, buena pregunta, Guy. Dame un segundo. Virus…, F-451… —me acarició la mejilla al pasar por su lado. Siempre ponía una hoja cerca de mí, para hacerme carantoñas. Insertar a Hannah en la costilla de Adán fue una gran idea. La clorofila le sentó muy bien, se había vuelto muy mimosa.
—¡Uaaah, qué gusto! —el agua fría del lavabo en los dedos me hizo estremecer.
—Por aquí me dicen que tardará sobre cuatro meses en terminar con el libro de bolsillo… —continuó la monstera—, un par más para las ediciones de tapa blanda, incluyendo solapas y camisa… A ver… Sí, ya está mutando. Calculan que en un año, más o menos, la variante de tapa dura se cargará toda la producción mundial. De hecho ya está atacando a la no ficción y a los catálogos de arte, diseño, moda, fotografía…, excepto los libros de Sebastião Salgado. Parece que sus imágenes han desarrollado una resistencia peculiar a todas las cepas del F-451. Se supone que es un capricho del jefe de programación; le deben gustar las fotos en blanco y negro.
—Putos señores tecnofeudales, ¡cómo los odio! —salí del baño buscando el bote de aloe vera. De tanto quemarme ya no sabía dónde lo había dejado—. ¿Y si me salto la página treinta y tres?
—Pues hará fsssh en la sesenta y seis. Y, si te saltas esa otra, en la noventa y nueve. A partir de ahí, el virus busca páginas de número palíndromo.
—Puta mierda… —frotándome las yemas de los dedos, me quedé embobado en los lomos de los habitantes de mi biblioteca, en todos aquellos condenados a muerte—. No tengo ninguno de Salgado, joder… ¡Míralo, ahí está! —el bote de aloe descansaba justo al lado del Justine. El de Durrell, no el de Sade.
—Tienes una llamada entrante, querido —me informó Hannah, acercándome la hoja que siempre usaba como micro—. Es Jorge Luis.
—¡Hey! ¿Cómo vas, Georgi? — contesté, acercándome a la monstera mientras me untaba profusamente las manos con el gel.
—Fatal, Bro. ¿No tendrás un Señor de los anillos, por casualidad? —la voz de Jorge Luis era pura ansiedad.
—No, tío. Tengo la biblio infectada. Creo que fue aquel Bradbury que me prestaste.
—Joder. ¿El Crónicas Marcianas?
—No, el otro. Pero no te sientas mal. La plaga esta tiene mala pinta. No creo que hubiéramos podido evitarla de ningún modo.
—Míralo por el lado bueno. Nuestros hijos ya no sabrán leer. Se van a ahorrar una pasta.
—Tarde. Los míos ya saben.
—Y el mío también, un auténtico inadaptado. Esperaremos a los nietos… Oye, te dejo, Bro. Voy a ver si consigo algún otro Tolkien libre de virus, que si no me va a dar un pasmo —y colgó.
Me quedé de pie, justo encima de la moqueta chamuscada. Mis pies descalzos sintieron el calor residual de las cenizas de papel. El alivio del aloe en mis manos contrastaba con mi estado de ánimo afligido. Aquello era un desastre. A este paso, sin libros, acabaremos todos aprendiendo matemáticas en TikTok, pensé. El pote de gel languidecía abandonado en el brazo del tresillo.
—Tienes otra llamada, Guy —el tono de Hannah revelaba cierta extrañeza—. Creo que esta viene de un poco lejos.
—Debe ser López, desde Canadá. O mi primo, que anda de rollo yogui con su mujer por Uttar Pradesh.
—Un poco más lejos. Desde la constelación de Orión, a cobro revertido.
—¡Coño! Eso es un pastón.
—Tiene un acento raro de verdad, una mezcla de japochinolandés con toques eslavos y coletilla de Murcia, Dice que es un técnico estelar especializado en plagas informáticas. ¿Acepto la llamada?
—De perdidos, al río. Dale, planta.
Hannah, zalamera, me acercó su hoja, haciéndome cosquillas en el lóbulo de la oreja.
—¿Hola? ¿Es la Tierra? Me comentan que se les queman los libros, sr. Montag…
—Mismamente. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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