Llevo ya doce años aburrida aquí dentro, en esta nave. ¿He dicho nave? ¡En una mierda de lanzadera de supervivencia! Mis compañeros de viaje se dejaron matar en una simple reparación rutinaria. Eran tan torpes que convirtieron un ajuste de las lentes del telescopio en la deflagración espacial más grande de todos los tiempos obtenida por manos humanas. Redujeron el USS Palomo Centenario a polvo estelar, junto con la segunda hornada de colonos del planeta Meconio y todos sus pertrechos, incluido mi marido Chandler. Aunque esto último aún lo celebro. Era un gilipollas integral. Y la tenía como un cacahuete.
La movida me pilló fregando en la cápsula de escape. Serenity, como llamé después a la rata, se coló detrás mío y puso el suelo perdido de huellas. Cabreada, le tiré el bote de lejía. Ya estaba vacío, no estoy tan loca como para malgastar componentes imprescindibles, pero mi puntería es lamentable y di en la palanca que no era. Saltamos ambas al espacio justo en el momento que las llamas alcanzaban nuestro sector. De hecho, apenas tuve tiempo de cerrar la escotilla y me chamusqué una ceja. Estaba feísima. Suerte que ha vuelto a crecer.
Para ser sincera, tener a la rata fue una suerte. Son unos bichos muy espabilados y las dos nos divertíamos un montón: eso sí, para el sexo… mejor no. No acaba de funcionar. Pero hacen mucha compañía. Serenity, la impresora láser y el palo de la fregona son de lo mejor que me ha pasado en la vida. Quizás un poco más de lejía no hubiese ido mal, el olor no es muy agradable por aquí, pero tampoco me voy a quejar.
Hace unos meses Serenity falleció. Tenía la mala costumbre de roer cables. Si eran los de la luz, ningún problema: empalme y tira que te va. Pero esta vez pilló uno chungo, el de control de rumbo, y nos hemos desviado tanto de la ruta a Meconio que me voy a pasar cuatro veces más tiempo de lo previsto. La IA dice que unos seis años, aunque igual lo dice por joder, que es un poco imbécil. El caso es que reciclar la rata me dio un cierto repelús, así que abrí la escotilla y la tiré afuera. Presencié cómo se alejaba lentamente. Se parecía tanto a una ceremonia funeraria de película de bajo presupuesto que me encontré a mí misma hinchando el pecho, a lo tropas espaciales. Estuve a punto de llevar el puño a mi hombro, pero me dio vergüenza. Cuando pienso en ella, siempre se me escapa el saludo sin querer. Luego me siento imbécil.
Y ahora os cuento lo raro.
Con demora, pero por fin había recibido la información de los primeros colonos de Meconio. La imprimí y me senté en la butaca del piloto, con los pies en la consola. ¡Uf! Necesito unas medias nuevas, pensé, estas estaban fatal, llenas de agujeros.
—¡Impresora, medias nuevas! —grité—. Y tengo hambre, hazme algo.
Me puse a leer. La gente de Meconio nos esperaba ansiosa. Al parecer las malformaciones genéticas producidas por la excesiva exposición a las radiaciones de su enana roja estaban dando lugar a mutaciones de lo más pintorescas: aparecían genitales en lugares del cuerpo insospechados. La cosa prometía, tanta soledad no iba a quedar sin venganza…
¡Ding! La láser me lanzó las medias a la cara con malvada precisión. Las cogí del suelo y empecé a quitarme las viejas. Le di un vistazo a la impresora, que andaba terminando mi hamburguesa. Entonces noté un movimiento por el rabillo del ojo. Me pasa a veces, cosas de la ceja quemada, pero esta vez sentí una presencia extraña. Pasé un buen rato en modo paranoia, percibiendo vibraciones, corrientes y meneos cada vez más frecuentes. Más tarde, después de comer y de tanta lectura aburrida, me entró la ñoña. En plena siesta, se descubrió el pastel.
—¡Eeeeek! —aquello saltó sobre mi pecho y soltó su chillido de guerra ante mi cara legañosa. El esqueleto de roedor, con los colmillos agrandados por la cercanía y jirones de carne colgando de las costillas, me amenazó, fustigó mi cara con su rabo decrépito y brincó sobre la consola de control, huyendo a toda velocidad.
Salté de la butaca y traté de cazar aquel aborto del demonio. Bruta como soy, le tiré la llave inglesa. ¡Casi me cargo la impresora! Estuvimos un buen rato persiguiéndonos mutuamente por toda la nave hasta que pude arrinconarla entre la escotilla y el botiquín de emergencia.
—¡Te tengo! —grité.
Nada más lejos de la realidad. Me abalancé sobre el engendro y, para mi sorpresa, atravesé su cuerpo y me hice mierda los dedos contra la pared del fondo.
—¡Ek, ek , ek! —se cachondeó, sacudiendo su diabólica calavera. Saltó a la butaca y se quedó allí, disfrutando de mis gestos de dolor, impasible ante mis insultos.
—¡Bicho de mierda! ¿De dónde has salido tú, monstruo infecto?
Algo en su gesto me resultaba familiar…
—¿Serenity? ¿Eres tú?
El bicho volvió a sacudir su cráneo minúsculo.
—Pero, ¡yo te tiré al espacio! ¿Qué haces aquí? ¿Has vuelto? ¿Por qué?
No deja de ser una mierda de rata, así que no puede hablar, pero intuyo que su espíritu se aburría en la inmensidad del espacio y decidió pasarse a incordiar. Y aún me quedan seis años aquí dentro. Aparece de vez en cuando, siempre con ganas de juerga. Me tiene martirizada. En el estado putrefacto en que está me pone tan de los nervios que he vuelto a fumar. Por desgracia, el tabaco, el papel de liar y el hachís se quedaron en el Palomo, además de las plantaciones de marihuana. Así que aquí me tienes, moliendo granos de mostaza para quemarlos en el vapeador. Suerte de la impresora láser. Y del palo de la fregona.
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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