Estaba harto de aquel lector. Malgastaba días releyendo los mismos párrafos una y otra vez. Además llevaba meses sin avanzar. El libro perdía un tiempo precioso tirado sobre mesas o estantes. Incluso estuvo casi una semana abandonado sobre la cisterna del váter. Las tapas estaban perdiendo lustre. El papel amarilleaba.
Se aburría. Ese ritmo se hacía pesado, largo, empalagoso.
Se aburría. Fue a la página treinta y tres. Le gustaban aquellos números del folio.
Se aburría. Se colgó de ellos y balanceó las piernas fuera del margen; era bueno para la tensión de la espalda.
Aún así, se aburría. Solemnemente. Se dio cuenta de que empezaba a usar adverbios, a sobreadjetivar y a cambiar el orden lógico de las frases.
Y las comas, las puñeteras comas, a paladas y todas a destiempo. Se aburría.
No estaba seguro de si era culpa del escritor o del lector. Quizás había sido comprado tan solo por la portada o, a lo mejor, era un simple libro prestado. Tenía ganas de saber cómo terminaba la historia, su historia. ¿Cómo podría conseguir más atención?
Pensaría en ello, pero de momento, se pasaría por la página ciento setenta y uno. Le gustaban los números palíndromos. Y después por la doscientos veintidós, que por allí se empezaban a poner interesantes las cosas.
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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