David movió el caballo negro con la delicadeza de quien no solo empuja una pieza en el tablero, sino una historia entera. Lo hizo con parsimonia, casi con reverencia, como si la madera del caballo pudiera recordar todas las batallas previas. Al otro lado de la mesita redonda, el doctor Neyman respiraba hondo, con su dedo índice dando golpecitos en la mesa, en un tic involuntario que solo aparecía cuando la partida llegaba a su clímax.
Sentados ambos en sus respectivas sillas, frente a frente, David dejó que su mano izquierda deslizara el caballo negro suavemente, para animarlo así a dar el movimiento definitivo. Gozaba del placer casi perverso de ir viendo las gotitas de sudor de su rival que, desde hacía quince minutos, trataba de evitar un desenlace inevitable. Sentía el cuero del asiento en su espalda con una seguridad inusual.
Veinte años de partidas cada jueves por la tarde, de whisky y té, de amistad y duelos callados, y ahora David sentía en el aire una tensión parecida a la de aquella noche, hacía ya ocho años. Por aquel entonces Neyman tenía la sonrisa más natural de todos los profesores del departamento y un atractivo especial para las doctorandas. Despertaba la confianza y el entusiasmo de cuantos le rodeaban. Sobre todo de ella. Elisa. La más bella e inteligente mujer que David había conocido y a la que, tras un laborioso trabajo de seducción, había conquistado. Elisa, con su pelo recogido con descuido y sus grandes ojos brillantes, no solo era su novia. Era su musa.
Pero Neyman, con su carisma sin fisuras, había sido la tormenta inevitable que la arrastró fuera de su órbita. Tres meses bastaron para caer en sus brazos. Tres meses de gestos cómplices, de conversaciones que se extendían más allá de los horarios de trabajo, de un lenguaje compartido en el que David, con su necesidad de estructura, había quedado fuera. Elisa sentía que el aire se hacía espeso cada vez que David trataba de organizarle la vida. La falta de libertad y la sensación continua de que su novio dirigía las cuerdas de su vida, la habían llevado a una situación irrespirable. Hacía ocho años ya. Le citó en un restaurante para hablar. El restaurante debía tener la mesa lista a las 9 de la noche y la tuvo. Su novio debía llegar unos minutos antes que ella, sonriendo, y llegó. Con la sangre galopando en su pecho como una carrera sin fin, consiguió mirarle a los ojos, seria, sin apenas pestañear y susurrar a penas unas palabras. «Necesito hacer sola este camino. David. Adiós». Pero no era cierto. No estaría sola. El profesor Neyman la esperaría cada noche a partir de aquel día.
El techo del despacho de Neyman era el mismo de siempre, pero esa noche lo miraba de otra forma. Ocho años no eran nada y lo eran todo. Su oponente, su amigo, su verdugo sin culpa aparente, dudaba frente al tablero. Las gotas de sudor se deslizaron por su frente con la lentitud de un final anticipado.
David sonrió. No era necesario mirar las piezas para saber que había llegado el momento. Triste venganza y tardía venganza. Deslizando el caballo, consumó su patética venganza haciendo caer al rey de su oponente.
—Jaque mate.
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