El sobre de cartón apareció dentro de la caja de los recuerdos de mis abuelos, enterrado bajo álbumes deshojados y cartas atadas con cinta. Era un sobre viejo, amarillento, cerrado con una fina cuerda que rodeaba el orificio superior. Tenía ese olor seco y polvoriento del papel guardado durante décadas. Dentro, un carrete Kodak sin revelar y una nota en letra firme y delicada: “Para Nora, para cuando necesite respuestas”.
La frase se me quedó grabada como una guillotina suspendida: sabía que, cuando cayera, nada volvería a ser igual.
Muerta de curiosidad, lo llevé a una tienda de fotografía del centro de Barcelona. El dependiente, un hombre delgado con gafas redondas y manos manchadas de productos químicos, me dijo que volviera en una hora.
La espera fue eterna. Estuve dando vueltas sin rumbo mirando escaparates sin verlos. Cuando regresé, me entregó una sola foto, aún tibia.
La imagen me dejó completamente inmóvil: era yo, a los veinte años, sentada en la barra de una coctelería antigua. Al fondo, un gran ventanal abierto a un templo budista de vivos colores, techo de madera y cubierta de pan de oro que reflejaba toda la luz. El estilo era del sudeste asiático, pero jamás había estado allí. En un espejo lateral, apenas visible, se reflejaba la silueta de quien tomó la foto: un sombrero de ala ancha ocultaba su rostro.
Esa noche la escaneé y la pasé por una IA. En pocos segundos, la pantalla mostró el resultado: el templo budista Vinh Nghiem, antigua Saigón, Vietnam.
A la mañana siguiente, reservé un vuelo. El aire húmedo y denso de Ho Chi Minh me envolvió al bajar del avión. Seguí la dirección que marcaba la IA hasta una calle abarrotada de motos y puestos de fruta. En lugar de la coctelería, encontré una pequeña tienda de souvenirs que olía a incienso y madera recién tallada.
—Hace muchos años, aquí había un bar famoso entre extranjeros —me contó el dueño, un hombre mayor de sonrisa tímida—. Un fotógrafo venía a menudo, siempre con su cámara y su sombrero.
Le mostré la foto. Sus ojos se agrandaron.
—Sí, sí… él la tomó. Recuerdo que dijo que esa chica era “su mayor secreto”
Sentí un nudo en la garganta. El parecido con mi madre era absoluto. Hasta el dueño pensaba que era yo. Y entonces, lo entendí todo: aquella “yo” de la foto no era yo, sino mi madre a los veinte años, idéntica a mí.
Mamá nunca me habló de mi padre, el misterioso hombre del sombrero: un vendedor errante que la abandonó sin despedirse. Durante años, ese vacío dejó un trauma familiar del que nadie quiso hablar.
Mis abuelos, y quizá el propio universo, me habían devuelto una ilusión que no sabía que me faltaba: la de poder mirar su historia… y la mía, desde el otro lado del espejo.
Relato escrito en el Taller de Escritura Creativa del 06/08/2025
Consigna: “Hoy vamos a escribir un relato sobre la foto que no recuerdo. El protagonista encuentra una foto que no recuerda. Hay que describir la foto, ¿Quién ha hecho la foto? ¿Qué pasó?”
Palabras propuestas: Trauma, Universo, Guillotina, Cóctel
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