Cuando mi padre cerró la puerta del taller, sus manos estaban temblorosas. Aceptar que era la última vez, era muy duro para él. El cartel en madera lacada con las letras doradas y el letrero de “Hermanos Zheng y familia, orfebres desde 1852” quedaba muy solitario. El portazo lo hizo quedar algo torcido. Pero ya no importaba. Justo hacía una semana que mi padre lo había pulido y abrillantado.
Yo tenía catorce años, y no entendía exactamente lo que significaba. Pero lo único que veía era que mi madre y mi abuela estaban llorando en silencio y mi hermana pequeña se aferraba a su muñeca de madera. Mi padre cargaba un pequeño carro con un baúl con las pertenencias que podíamos llevarnos. Mi padre me dijo: “guarda esta caja como si fuera un tesoro.”. Era una caja de madera oscura con muchos adornos de jade verde. En su interior, había joyas y monedas de oro. Y también las tres cosas más importantes: el sello de la familia, una pulsera de oro y un anillo de diamante.
El camino era largo. Había varios kilómetros desde nuestra casa a la estación de tren de Guangzhou. Yo miraba con tristeza las estrellas y las constelaciones. La que más me gustaba era Casiopea que simbolizaba la arrogancia. Una arrogancia que mi familia, una de las más ricas de la ciudad, que antaño había mostrado. Había que darse prisa. El ejército rojo estaba llegando.
La ciudad ya no sonaba como antes. Los susurros se mezclaban con los pasos apresurados. Las persianas se cerraban. Decían que los comunistas, iban a marcar a todo el que tuviera oro, comercios o pertenencias…
No era ningún paréntesis, nos íbamos a Hanoi. Decían que era un país con nuevas oportunidades
Han pasado varios años desde aquel día. Vietnam es un país comunista y pobre. Cada vez que abro la caja se me despierta un cocktail amargo de sensaciones: un país que ya no existe, un taller cerrado y el eco de unas pisadas apresuradas.
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