Eran los años treinta. Manhattan aún en formación intentaba prosperar en un paraje dominado por bosques y naturaleza donde los asentamientos humanos comenzaban a organizarse en torno a la actividad comercial. Se habían desarrollado actividades agrícolas y surgía la necesidad de transportar los productos manufacturados. Pero los transportes de tracción animal a través de los bosques resultaban cada vez más arduos. Así fue como se organizaron para construir la primera línea ferroviaria del West Side, destinada a facilitar el transporte de mercancías.
Los hombres arrasaron el bosque; despejaron la maleza, talaron árboles centenarios y acabaron con los animales que utilizaban aquel futuro circuito de tren para desplazarse. Todo se hizo con una rapidez inusual. Las autoridades locales estaban muy interesadas en los ingresos económicos que conseguirían, tanto para la región como para ellos mismos. En un abrir y cerrar de ojos, la línea ferroviaria estuvo terminada y las gentes lo festejaron con gran alegría. Corría el año 1934 cuando se celebró una gran fiesta de inauguración para conmemorar el acontecimiento.
El tren ya circulaba y las mercancías se trasladaban de una región a otra, trayendo gran riqueza a Manhattan. Sin embargo, al poco tiempo algo sucedería. Fue casi imperceptible, pues la naturaleza siempre ha sido así, misteriosa y sigilosa a la vez.
Algunas zonas de la vía ferroviaria se resquebrajaron y de los raíles brotaron nuevas plantas. Los hombres no lo sabían, pero bajo las vías del tren existía un mundo lleno de gran dinamismo y comunicación. Cada planta, árbol o arbusto que había sobrevivido al gran arrasamiento provocado por el hombre dialogaba ahora a través de sus raíces. Era una conexión invisible al ojo humano: todo ocurría bajo tierra. Ellas, las plantas con sus micorrizas, tejían una vasta red que se extendía más allá de las vías del tren. Era como si, de repente, se desarrollara un bosque subterráneo, donde las plantas no competían, sino que cooperaban entre sí para ayudarse. Aquellas que estaban enfermas eran alimentadas por las demás y así, poco a poco, ese bosque que yacía escondido empezó a emerger por entre los raíles.
Los hombres, poco observadores y preocupados únicamente por el transporte de mercancías, apenas se percataron de aquel cambio.
Y, como suele ocurrir, la naturaleza dio un gran paso sin previo aviso. Una noche, el bosque subterráneo, ya con la recuperación suficiente y con un plan trazado, emergió de su escondite. Asaltó los vagones de tren, los envolvió con lianas y raíces entrelazadas, y empezó a destruirlos.
A la mañana siguiente no quedaba ni una locomotora en funcionamiento. Algunos vagones aparecieron despedazados por la fuerza de las ramas y otros, colonizados por una densa biomasa verde.
Cuando llegaron los primeros trabajadores, no podían creer lo que veían. Todo lo que habían construido estaba desapareciendo. Parecía que la vía había estado abandonada durante más de cien años y ahora solo quedaba naturaleza.
Tras aquel hecho inexplicable, muchos trabajadores no se atrevieron a volver a la zona. Algunos decían que había sido un castigo de Dios; otros, del Demonio. Los mandamases de la región no lograron encontrar personal dispuesto a reconstruir la vía ferroviaria. El miedo imperaba en la población. Al final, se rindieron y la dieron por perdida.
Fue así como nació la High Line, de la que hoy podemos disfrutar paseando por el tramo entre Gansevoort Street y la 34th, donde los turistas observan el paisaje, completamente ajenos a aquella confabulación de la naturaleza. El bosque visible, en parte subterráneo, tiene conversaciones ininteligibles para el oído humano. Durante décadas ha estado a gusto con su espacio, con su lugar. La ciudad de Manhattan ha protegido la High Line como un tesoro, aunque últimamente hay demasiados visitantes en la ciudad que, sin saberlo, le están robando su espacio.
Tal vez ha llegado el momento de volver a actuar. Esta noche van a reunirse para discutirlo un poco….
Me gustaría agradecer a Enric Gisbert sus valiosas aportaciones, que han contribuido significativamente a mejorar este relato
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