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La hoja en blanco

Publicada el 1 mayo, 20253 mayo, 2025 por Mònica Roldán

Hacía mucho que no veía a Enric. Tal vez más de ocho años. A veces, uno no sabe por qué pierde el contacto con ciertos amigos. Enric y yo habíamos compartido muchas noches de alcohol y correrías con mujeres, donde lo importante era ver quién ligaba más y quien se follaba a más tías. Sus gustos eran particulares, le gustaban jóvenes y un poco asiliconadas. Los míos, más modestos, no tenían un patrón tan definido.

Cuando llegaba el momento de la verdad, sacaba su estrategia estrella para ligar. Se inventaba que presidía un club de excursionismo, que conocía un lugar idílico para hacer un picnic y les pedía el teléfono como si estuviese repartiendo tarjetas de visita. Lo más increíble era que, casi siempre, conseguía los números. Yo le decía que eran números falsos, que no le servirían, pero siempre me decía que era cuestión de probabilidades. A veces, en una noche, conseguía más de veinte teléfonos. Con que tres o cuatro de ellos fuesen reales, ya tenía posibilidades de follar aquella semana. El juego le funcionaba, y eso me jodía un poco. Había que reconocer que tenía porte y elegancia, era carismático y bastante inteligente, pero su táctica dejaba mucho que desear. ¡Los tenía cuadrados!

No podía creer que le funcionase aquel método de poca monta. Yo lo miraba con una mezcla de escepticismo, envidia y una admiración que hoy prefiero no mirar muy de cerca. A veces, hasta conseguía servicios gratis de las prostitutas que salían a hacer un cigarro al sol, a descansar después de algún servicio en la calle Aribau, al lado del Barrokos. Les metía el mismo rollo y conseguía sus números. Siempre había alguna que se lo hacía gratis.

Aquella tarde habíamos quedado en un café pequeñito cerca de Arco de Triunfo, zona por donde solíamos vernos. Me pareció un buen lugar para reencontrarnos, aunque desde que acepté el encuentro, me sentía inquieto.
Mi vida, en estos años, había cambiado considerablemente. Finalmente, me había «reformado» o eso me gustaba decir. Había encontrado una mujer que se había adaptado a mis necesidades. Me cuidaba, cocinaba, me proporcionaba sexo y no me molestaba demasiado. Yo le daba una estabilidad que, por alguna razón, valoraba. Mi vida era cómoda y sin contratiempos.

Llegué al café cinco minutos antes y me senté cerca de la ventana. Era pequeño, tranquilo, con mesas de madera oscura junto a los ventanales. Tenía la sensación de estar esperando a alguien que ya no sabía muy bien quien era. Enric no tardó en llegar. Se sentó y me sonrió. Ya teníamos más de cincuenta, pero a él la vida le había tratado bien. Siempre fue un tío guapo. Metro noventa, apenas canas, delgado y con ese porte caballeresco. Nunca le conocí una pareja estable. Ya cuando nos hicimos amigos había estado con más de cien mujeres. A saber, cuántas llevaría ahora… Pedimos un carajillo cada uno, como en los viejos tiempos, y empecé a hablar.

Me limité a resumir mis últimos ocho años. En realidad, no había tanto que explicar. Algunos cambios de trabajo, algunos rollos y relaciones fallidas y, por último, sobre mi pareja, Carmen, con la que llevaba una vida satisfactoria y tranquila desde hacía ya más de tres años. Notaba que Enric no me escuchaba del todo y solo estaba esperando su turno. Cuando acabé, él me sonrió con una mirada misteriosa y lasciva. Recordé aquella sonrisa. La tenía cuando aquello que deseaba no se le había rendido fácilmente y había tenido que jugar al ratón y el gato. Cuando el premio había sido especialmente difícil de alcanzar. Notaba por el brillo de sus ojos y su mirada, el deleite que sentía al tener algo especial que contarme.

Me habló de sus conquistas de los últimos años y de cómo había dejado de interesarle poco a poco las mujeres fáciles. Primero tenía que perseguirlas durante un tiempo prudencial, después eran ellas las que lo perseguían a él. Ya no sentía placer en ello. Hasta me dijo que sentía un cierto aburrimiento. Entonces empezó a indagar otros caminos. Comenzó a frecuentar algunos clubs especiales en Barcelona, clubs swingers, fetichistas, kink…, hasta que un compañero, de particulares preferencias, le habló de las mazmorras. Una noche, lo invitó a tomar una copa en una de las pocas que había en Barcelona. En esos sitios no podías entrar si no era con referencias de alguien a quien ya conociesen. Era una comunidad muy pequeña y se conocían casi todos. Tenían un Nickname. Era un círculo muy cerrado. No podías unirte así como así. Empezó a frecuentar estos sitios. Allí los juegos cada semana eran nuevos: kinbaku, mummification, pet play, spanking, etc; pero imperaban las reglas… Me dijo que había aprendido mucho y que se había convertido en un sádico. La verdad es que cuando me lo confesó, no me sorprendió en absoluto. Llevaba ya mucho camino recorrido y era cuestión de tiempo que se aburriera y buscara experiencias que pudieran hacerle mella. Pero eso no era lo que quería explicarme aquella tarde…Esto solo había sido la introducción. Había algo distinto en su voz, un tono más profundo, como si quisiera desvelarme un secreto. Me dijo que había conocido alguien especial. – Ella es una hoja en blanco, me susurró. -¿Qué quieres decir con una hoja en blanco? Le repliqué con cierta incomodidad. No estaba seguro de qué me estaba hablando. Tal vez algún nuevo fetiche.

-Finalmente tengo una relación de pareja-, me dijo. Yo le felicité con mucha incredulidad.
-Eso es una novedad, Enric. En treinta años es la primera vez que me dices que estás con alguien. Cuéntame cómo ha sido.
-Tiene diecisiete años, me confesó. Es una joven muy inteligente, con voracidad por aprender sobre todo lo que le rodea-. Le miré mientras me lo explicaba. Su sonrisa me hizo estremecer. -Ya te digo, una hoja en blanco donde poder dejar mi impronta. No tiene miedo y voy a enseñarle todo sobre este mundo. Alguien a quien moldear a mi gusto….Va a ser especial.

Noté como sentía extremo placer al pensar lo que me estaba contando…Tal vez se le había puesto dura.

Me quedé mirándole un momento. Noté tensión en la boca del estómago. No sabía si decírselo o no, pero finalmente no pude contenerme.
-¿Diecisiete?. Pero si es una niña. ¿Ahora te gustan las crías? ¿Y esas prácticas especiales con alguien que no es más que una niña? A ver si te vas a buscar problemas…
– ¡Que va! En un par de meses ya cumple dieciocho años y lo que hagamos será todo consentido.
Noté la excitación en sus ojos. Entonces sentí asco.
Las cosas habían cambiado mucho en aquellos ocho años. Ya no podría irme con él a buscar mujeres y pasar una noche de alcohol y sexo. Estábamos en ligas diferentes.
Me acabé lo que quedaba del café.

-Ya no somos los mismos- le dije. Me levanté, dejando el dinero sobre la mesa y salí del café con una mezcla de rabia y vergüenza de mí mismo. Y pensar que había admirado a aquel hombre…
Nunca más lo volví a ver. 

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