Vivo en una casa de campo, de esas chulas construidas en lo alto de una colina, Cierto que deja de ser chula en los días de tormenta, pero el resto del tiempo se disfruta bastante de ella.
Hace ya como veinticinco años que tropiezo con la misma piedra al salir de casa. Debe ser grande, porque aunque tan solo asoma la puntita no hay dios que la mueva de allí. Ni siquiera Cacahuete pudo desenterrarla. Y mira que puso empeño: rascó y rascó la base sin descanso durante toda su vida, pero no hubo manera. Aquel meño no se desplazó ni un mísero milímetro. El pobre can se obsesionó tanto que falleció abrazado a la roca.
Por su culpa ya he perdido un par de teles nuevas, he cascado un menisco y he renovado aproximadamente el cuarenta por ciento de mi piel a base de rascadas. Probé saltar por encima, rodearla e incluso, cuando estoy juguetón, uso alguna finta de mi época baloncestística. Un día llegué a bailar y todo, a ver si la dejaba estupefacta. Estaba contento, me había echado novia, bajita pero muy guapa. Por la tarde me dejó y mi primer impulso fue patear la piedra. Me hice tanto daño que ya no he vuelto a bailar. Ni para piedras ni para novias bajitas, ahora me las busco altas.
Hoy tocaba día no chulo. De los chungos de verdad, donde el paraguas es más un estorbo que otra cosa. El caso es que volvía del granero, de arrullar a Cacahuete dos —Cacahuete segundo queda muy largo— y una ráfaga de viento cabrón me arrancó la capucha del chubasquero. La lluvia, viéndome débil, se me tiró a los ojos con mala leche, cegándome todo el camino de vuelta. Como no, la piedra no iba a dejar pasar la oportunidad. La muy gamberra llevaba días acumulando musgo a su alrededor.
Y aquí estoy, en el suelo, tratando de levantarme sin éxito. Tendré que añadir a la lista de agravios un radio, un cúbito, un parietal y quién sabe si el hueso de la cadera, que pinta mal. Si no me desangro, claro.
Siempre la piedra.
La misma puta piedra.
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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