Era el primer domingo de primavera. Me levanté pronto para preparar el desayuno. Pronto para lo que yo estaba acostumbrado a levantarme. Quería sorprender a Julia con un buen café con leche y unas tostadas. De camino a la cocina, vi cómo los rayos de sol comenzaban a asomar por la ventana. Así que abrí la puerta que daba al jardín. Caminé descalzo y noté la calidez de la hierba. El césped estaba alto. No recordaba cuánto hacía que no lo cortaba.
La madreselva había crecido mucho y trepaba por toda la fachada de la casa. Subía por la pared aprovechando las rendijas. Me encantaba esa visión. El sol, la humedad del césped recién regado y la suave brisa de la mañana. Llamé a Julia para que compartiera conmigo ese momento pero no contestó. Seguramente estaba con las orquídeas. Le gustaba mucho cuidar sus flores, actividad que complementaba muy bien con su trabajo como cirujana ortopédica. Fui a ver si necesitaba ayuda. La forma ortogonal del invernadero, que yo mismo diseñé, permitía tener una completa visión del recinto desde la puerta. Pero Julia no estaba.
Volví a la casa y Julia seguía sin contestar. Subí a mi estudio. Encima de mi escritorio había un montón de papeles. No tuve ganas de quitarlas de enmedio y ordenarlas así que fui a la habitación.
Allí estaba Julia. Sostenía una camisa azul. Mi camisa preferida. Al lado, en la cama, una caja de madera. Donde guardaba todas las cosas que no se podían tirar. Estaban mis gafas, mi reloj preferido y una foto donde estábamos Julia y yo cuando fuimos a veranear al sur de Francia. Habíamos bebido varias copas de vino y estábamos muy felices. Es el día que le dije “cásate conmigo”.
La llamé pero no me contestó. Estaba llorando. Yo no entendía nada. No sabía nada. Solo sabía que la madreselva había crecido, que la hierba estaba alta, y que era primavera.
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