Nada más horrible que levantarme por la mañana. No es solo la edad, que hace estragos. Desgraciadamente tengo metidos en casa a mi perro y mi taza, una que conservo desde mi tierna adolescencia. Tiene los dibujitos prácticamente borrados: un elefante, una serpiente y una araña…, curiosa combinación. La muy hija de puta es la taza más lista del mundo. Está un poco descantillada, pero atesora mucha experiencia y se ha salvado ya de unas cuantas caídas. Cuando sale del microondas tiene una verborrea imparable, si bien más con el café que cuando me autoflagelo con té matutino. Por suerte, no lo hago a menudo, trato de mantener mi relación con las infusiones al mínimo, y siempre siempre con miel.
Como es tan habladora, me la llevo a la terracita y nos ponemos los dos a ver cómo pasan los aviones por encima del sol matutino. Así se calla un poquito, el fresquito matinal la atempera y pasa de gritar como una loca a tomarse las cosas con algo más de calma. Normalmente, cuando llega el perrete desperezándose y se sube a mi regazo, ya me está hablando en susurros. Después empiezan a conversar y me dejan en paz con mis cábalas.
Se llevan bien, ese par. Mientras cuento los aviones ellos están a lo suyo, gruñendo el uno, dejándose beber la otra… Eso sí, a veces empiezan a discutir y se ponen pesadísimos. Es entonces cuando los abandono a los dos sobre el taburete y emprendo una discreta huída hacia el cuarto, con la excusa de que tengo que vestirme. Si se dan cuenta de que les estoy haciendo el salto, finjo que me saco el jersey y quedo atorado. Así paso un buen rato, con la cabeza tapada y sin tener que escucharles.
Es un rollo aguantar todas las mañanas a seres tan inteligentes. Los cabrones saben de todo y hablan de todo. Antes era más de ducharme por la noche, pero desde que me dan esas palizas tempraneras he decidido apagar sus voces con abundante agua caliente. Aún así, luego he de vestirme rápido y salir corriendo de casa con el perro, no porque tenga ganas de salir a hacer sus cosas, no; es que la muy pesada sigue dando voces desde el fregadero. No se calla, la jodida.
En verano, cuando dejo la puerta abierta del balcón, la oigo desde la calle, desgañitándose, insultándonos…
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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