
No entiendo que digas que no nos entendemos ¡si yo lo entiendo todo! ¿No será que tú no entiendes?
Nuestra imagen delante de aquel espejo… ¡qué complicación recomponer la realidad ante tal estropicio de grietas que la deforman! como si fuera un rompecabezas desordenado e inamovible. Tus orejas en mi ombligo. Tu nariz en mi espalda, mis piernas en tu cabeza. Te percibo con la boca en el lugar que ocuparían los ojos, como un monstruo grotesco que amenaza devorarme con la mirada. Mirada con dientes que se abren y cierran en pestañeos que muerden.
Y tu risa, como un ventilador desvencijado que chirría con pulso frenético ahogando mi llanto sin apenas mover aire. Tu risa me observa a trozos desde el fondo y los pedazos se clavan en el reflejo de mis senos. Dardos que laceran mi piel sin desollarla y perforan mis entrañas.
Cuando amaneció nos encontramos bajo el cielo. No sé cómo pudimos abandonar aquel antro de luces mortecinas y llegar hasta el río, donde nos besamos y volvimos a vernos enteros.
Me lo explicas pero yo no entiendo nada, ¿No viste tú lo mismo que yo mi amor? ¡Si la hierba era la misma!
Déjame que yo te explique: el espejo estaba roto.
Habrá que buscar la manera de conjurar siete años de mala suerte, no nos queda mucho tiempo.
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