Siempre me gustó la mitología y también el mar. Me fascinaba fantasear con historias y criaturas que tal vez, en otra realidad, existieron. Cuando me sumergía bajo el agua para contemplar la mágica naturaleza que hay bajo su superficie, me gustaba imaginar que un día, por casualidad, podría toparme con una de estas criaturas irreales, como las sirenas. Su historia siempre fue confusa. En la memoria colectiva, todos estábamos convencidos de que formaron parte de la fauna acuática y, sin embargo, yo sospechaba que la verdad era otra. En un tiempo más antiguo, estas criaturas fueron aladas. Tal vez fueron los griegos quienes las describieron con cuerpo de ave y rostro de mujer, atrayendo con sus cantos a los marineros. La gente las había llamado ángeles, pero nada más lejos de la realidad.
Llevaba semanas tirándome las cartas de las diosas y siempre me salía la misma: Transformación. Las utilizaba cuando tenía que resolver algo que me inquietaba y, últimamente, no me sentía bien con mi vida. Por cuarta vez, me las tiré y saqué de la baraja la carta Transformación. Esta vez la dejé en la mesita de noche. Estaba claro que aquello no era una cuestión estadística y debía tenerla presente.
Aquella tarde me fui a hacer snorkel. Hacía buena tarde y el sol calentaba la superficie del agua con fuerza. Fue una inmersión tranquila. No había demasiada gente en la playa y pude disfrutar de la soledad y el silencio que se percibe solo en este ambiente tan etéreo. Tuve suerte porque vi muchos bancos de peces, que se movían en una danza sincrónica y lenta, siguiendo la ligera corriente del mar. Al volver a casa, me di cuenta de que me sentía feliz.
Los días siguientes en casa fueron muy distintos. Sentía una sed permanente y mi piel estaba agrietada y seca. Mi madre me observaba por el rabillo del ojo. Se acercó, me tocó la frente y me preguntó si me encontraba bien. —Hija mía, estás extremadamente fría. Debes haber pillado algún virus—me dijo.
Con el paso del tiempo, los ruidos en la calle me molestaban cada vez más, e incluso la luz intensa del sol, que antes me encantaba, ahora me irritaba los ojos. Mi madre no paraba de insistirme que fuese al médico, porque no parecía mejorar. Finalmente, una mañana me desperté con la sensación de estar en una jaula. Me costaba respirar. Me quedé quieta en la cama esperando que únicamente fuese ansiedad. Últimamente tenía mucho estrés en el trabajo. Al levantarme, me miré los pies y entonces lo vi. Por un momento pensé que todavía estaba durmiendo y que se trataba de un sueño. Habían aparecido unas pequeñas membranas entre los dedos y ya no parecían mis pies. Aquello estaba tomando forma de aleta de pez. No dije nada a nadie porque, en realidad, ya intuía lo que estaba ocurriendo. Después de aquel día en la playa, algo había cambiado.
Mi familia no dejaba de insistirme en que fuese al médico. Estaban convencidos de que algo grave me ocurría, de que podía estar muy enferma. Sin embargo, parecían no haberse dado cuenta de la realidad. Sufrían en silencio, temiendo lo peor de esa visita que aún no había sucedido. Una mañana, durante el desayuno, aprovechando que todavía estaba somnolienta, me cogieron desprevenida y me acosaron a preguntas:
—Hija, deberías tomarte esto en serio e ir por fin a algún especialista o, al menos, a un psicoterapeuta. Últimamente te está cambiando hasta el carácter. Ya no pareces tú—. Y tenía razón. Me estaba volviendo más huraña que nunca. Las voces de la gente me resultaban extrañas. Sin embargo, cada vez me sentía mejor con esa transformación. Me sentía en calma, en paz, inmersa en la nada. Solo tenía claro que aquel lugar ya no era mi medio natural. Estaba en el lugar equivocado.
Con el paso de las semanas, mi día a día terrenal se hacía más difícil: los ruidos cotidianos, la luz intensa, la poca humedad y la tirantez de la piel, el ritmo desacelerado de mi corazón, los espacios cerrados y aquellos zapatos que debía ponerme… A pesar de todo, sentía cierta fascinación por aquellos cambios graduales en mi cuerpo y los observaba de cerca.
Una noche me desperté pensando que me ahogaba. Salí de la habitación como si me fuera la vida en ello y me dirigí hacia la playa. Me sumergí lentamente en la pequeña bañera de agua junto al acantilado. Sentí que el mar me ofrecía su abrazo cálido y extenso y, por primera vez en el agua, supe reconocerme. No sabía si volvería, pero ahora tenía que marcharme.
Dedicado a las sirenas que he tenido la suerte de encontrarme. Algunas de ellas ni saben que lo son, pero el mar siempre las reconocerá.
Ilustración: Veronika Moskaleva (@veronika.me)

Descubre más desde Barcelona Escribe
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

