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La Última Siesta

Publicada el 10 junio, 2025 por Mònica Roldán

Aquellas navidades iban a ser diferentes. Lola había decidido bajar al pueblo en coche, contra toda recomendación de su hija mayor, Eli. Cuando se le metía una idea en la cabeza, era difícil disuadirla.

Toda la familia llegó al pueblo temprano. Había mucho que hacer antes de la fiesta. Lola, su marido, su hija pequeña y la mayor, Eli, con su marido y su hijo, Pol. Tenían solo dos días para dejarlo todo listo. Iba a venir mucha gente, casi todos familia, aunque fuera de segunda o tercera generación. Algunos recorrerían más de 600 km para asistir a aquel encuentro. 

La casa estaba hecha unos zorros. Llevaba casi un año cerrada y todo era polvo y suciedad, con el añadido de ser una casa-cueva, donde las paredes se desconchaban con solo mirarlas. Nada más llegar, organizaron un escuadrón de limpieza y se pusieron manos a la obra. Fueron dos días de trabajo intenso para dejar la casa en condiciones. Finalmente, Lola se dio por satisfecha.

Prepararon la chimenea y, en la bodega, ataviaron aquella mesa larga de madera de cedro con un mantel florido y toda clase de detalles ornamentales. Luego colocaron vasos, copas, platos y algunos entrantes finamente decorados. A Lola siempre le había apasionado la cocina y cuidar cada detalle en la mesa. Como era Navidad, no faltaron los motivos navideños repartidos por toda la casa, dándole un toque festivo a cada rincón. Los regalos para los niños de la casa se acumulaban en un rincón de la cocina de leña y, hasta tuvieron un Papá Noel que más tarde vendría a visitarlos.

Cuando todo estaba preparado, comenzaron a llegar los invitados. Algunos hacía años que no se veían. No escatimaron en besos, abrazos, risas y chistes malos. Se palpaba en el ambiente una mezcla de nostalgia y emoción a raudales. Aquella noche no podía haber sido más perfecta para Lola. Todos comieron a gusto, bebieron bastante, cantaron canciones antiguas y de cante jondo, y también lloraron. La familia de Lola se había convertido en el equipo de camareros de aquel gran festín, siempre disponibles para todo lo que necesitaban los comensales. Todos menos Eli. Hacía rato que tenía un gran nudo en la garganta y, como solía pasarle con el dolor -difícil de aceptar-, lo había ido transformando en ira a lo largo de toda la cena. Finalmente, nada más acabar la comida, puso como excusa que su bebé estaba cansado y debía llevarlo a dormir. No volvió a aparecer en la fiesta. Le costó conciliar el sueño y estuvo escuchando la algarabía hasta altas horas de la noche, mientras oía respirar profundamente a Pol, que había caído rendido en los brazos de Morfeo. Sin poder evitarlo, ahora que ya no la miraba nadie, las lágrimas rodaban libremente por sus mejillas, en una carrera sin contención. Se había acostumbrado, desde niña, a llorar en soledad, cuando nadie la miraba, porque compartir el dolor era para ella una debilidad que no se podía permitir. Siempre se había sentido muy unida a su madre. Ya de pequeña se había convertido en su confidente y, a veces, en su cuidadora. Su carácter, tan parecido, había creado un vínculo que solo ellas entendían. Había aprendido a adelantarse a cada gesto de su madre, con tal de evitarle cualquier sufrimiento. Y, sin embargo, ahora… se sentía tan impotente. Agotada, con pensamientos que iban y venían por su mente, finalmente se durmió.

A la mañana siguiente, Eli, Joan -el marido de Eli-, y Pol acompañaron a Lola a hacer varios recados y, cuando ya volvían a la casa, ella les pidió que pasaran por el mirador del Tranco, que les venía más o menos de paso. Estuvieron allí un rato, disfrutando de las vistas y la naturaleza. Antes de marcharse, Lola se quedó mirando el cerro con insistencia, como si quisiera grabar en su memoria aquella imagen. Eli se percató de esa mirada y supo adivinar sus pensamientos. Comprendió que su madre quería retener ese instante para siempre.

Volvieron a casa y retomaron la rutina de la preparación de la comida. Después de comer, el sol caía con fuerza y, con todos los trajines de los últimos días, todos decidieron echar una siesta. 

Lola, Eli y Pol acabaron en la cama más grande de la casa. Pol se quedó dormido entre ellas dos, y entonces decidieron sumarse también al descanso. Eli no pudo evitar incorporarse un momento y observar a dos de las personas que más amaba en el mundo. Las tenía allí, juntas, en la misma cama, y hubiese querido que aquel momento durase eternamente. Fue entonces cuando tuvo la certeza. Esa sería la última siesta que harían los tres juntos.

Cuando cayó la tarde, Lola salió sin avisar a nadie. Al regresar, se sentó, respiró profundamente y miró a Eli fijamente a los ojos.

—Acabo de comprar el nicho donde van a enterrarme— dijo Lola, con una serenidad que le erizó el vello de los brazos a Eli.

Supo entonces, con una claridad dolorosa, que el tiempo se deshacía irremediablemente entre ellas y que debía comenzar a despedirse de su madre.

Dedicado a D.

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