¡Jodido tequila! ¿Qué hago aquí? Estaba más perdido que mi zapato. Después de tres horas caminando seminconsciente, había extraviado mi propio rastro en aquella carretera retorcida hasta el infierno. Iba descalzo de un pié, curiosamente el que sí llevaba calcetín, uno verde guacamole, sucio y roto. Tampoco recordaba haber llevado nunca mocasines de borlas (bueno, mocasín, solo uno). Siempre voy con bambas. Alguien me los dejaría, seguro. No voy a poder devolverlos.
Recordé vagamente acercarme anoche a la disco. Era el cumple de las gemelas, Clara y Gema, unas golfas perversas que siempre me obligaban a hacer el ridículo persiguiendo caderas por toda la pista de baile. Sus curvas estaban diseñadas para destruirme, las muy hijas de puta. Yo, de natural idiota, acababa siempre borracho como una cuba y volviendo a casa solo, perdiendo cosas por el camino.
Esta vez fue de tequila. Me podría haber puesto hasta arriba de bourbon, ginebra, ron, cerveza, whisky…, incluso mezclar. Pero no, esta vez la resaca sería memorable, de puto tequila. ¡Con el mal cuerpo que dejaba!
Traté de aclarar mi cabeza. De madrugada, a oscuras y con un pedo monumental, apenas me sostenía en pie. No sabía ni dónde estaba. Por el fresquito y el rumor de fondo, tenía cerca un río, eso seguro. Muy cerca. Y por el asfalto que agujereaba mi calcetín, andaba sobre una carretera. Decidí martirizar por igual a mis dos pies. Me saqué el atomatado calcetín del derecho, el zapato desconocido del izquierdo y los dejé a mi lado, sobre el murete…
¡Un puente! Estoy en un puente, adiviné.
Saqué la cabeza por la baranda de piedra y miré hacia abajo. La Luna se obstinaba en distorsionar su reflejo contra la corriente.
—Está muy alto —grité a nadie.
Si me quisiera suicidar, podría saltar, pensé. Pero estaba demasiado hecho polvo, demasiado cansado para saltar el antepecho y tirarme al río. Hoy no me apetecía nada. Eché un último vistazo a la Luna, esta vez directamente, no a su reflejo, inspiré profundamente y me despedí de ella soltando un sonoro beso:
—Muac.
Y di la espalda a zapato, Luna y calcetín, para reiniciar mi caminar descalzo, tambaleante. Tenía la esperanza de acertar la dirección correcta y desandar el camino de vuelta al baile, a mi proveedor de tequila. Tenía la esperanza de terminar haciendo el ridículo un ratito más.
¡Putas gemelas!
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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