A las tres y veintitrés de la madrugada, el timbre sonó. Una única pulsación. Un único sonido corto y seco que alteró la calma de la noche.
No esperaba a nadie ya que hacía seis meses que mi anterior pareja se había marchado. Fue su deseo terminar una relación que, para mí era perfecta, idílica, y ni siquiera intentó luchar por arreglarla. Me levanté de la cama, descalzo. Mis pies notaron la fría superficie del suelo. Estaba incómodo. Mientras caminaba por el pasillo, pensamientos de duda e indefensión aparecieron por mi cabeza. ¿Quién podría ser? Varias noticias de ladrones y de asaltos con violencia habían aparecido durante esas semanas aprovechando el periodo vacacional. Yo iba desnudo y ni siquiera tenía una prenda que me pudiera dar la falsa seguridad de estar cubierto ante un eventual atraco. Mis pasos eran cortos y titubeantes. No sabía qué hacer.
“¿Quién es?”. No hubo respuesta. Volví a darle una segunda oportunidad: “¿Quién llama?”.
Miré por la mirilla.
Quise volver a la cama cuando me fijé que había algo en el felpudo. Unas llaves, atadas con una larga cuerda roja. Mientras las recogía, la cuerda no acaba de verse el final. Entonces empecé a estirar de ella y vi que seguía por las escaleras al piso de arriba. Presa de mi curiosidad subí. Era extraño porque yo vivía en el último piso y no debía haber nada. Pero otra planta con una puerta que nunca había visto apareció. Probé con las llaves y se abrió sin ningún esfuerzo.
Dentro era todo familiar… Las fotos en la pared, los muebles, los libros en las estanterías, el ejemplar de “Historias de cronopios y de famas” que hacía tiempo que buscaba… Pero con un detalle inquietante: era mi piso, tal y como era antes de que me mudara con mi ex pareja.
Sobre la mesa del comedor, un papel. Una nota escrita con mi letra: “Gracias por volver. Tú diste amor pero ella lo perdió. No supo valorar lo que diste. Esta vez, hazlo distinto”.
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