Literalmente así fue. Después de bastante tiempo en estado latente, me atreví a cerrar una ventana y se abrió una puerta.
Y, como ocurre con las buenas historias, el final de una enlaza con el principio de otra.
Aquel verano tuve el valor de emprender aquel viaje que llevaba pendiente desde hacía media vida. Siempre había encontrado una buena excusa para posponerlo, pero en el fondo es que tenía temor a lo desconocido. Sin embargo, en aquel año de probaturas me dejé llevar, por una vez, sin necesidad de tener el control absoluto de todo lo que me rodeaba. Y fue maravilloso: sin expectativas, sin ideas preconcebidas, que es lo que ocurre cuando sueltas el control y reconectas contigo mismo, con tu esencia más pura…Surge un estado de paz lo más parecido a la felicidad.
El último día antes de volver de Zanzíbar, paseando por las calles de Stone Town, encontré un pequeño local de un artista que pintaba a plumilla negra. Siempre mi debilidad por los elementos y las personas creativas…No pude evitar pararme, a riesgo de perder al grupo. Mis ojos se fueron directos al dibujo de una puerta. Un portal misterioso, de los que teletransportan, lleno de grabados y detalles. Supongo que fue así porque llevaba todo el día paseando y encontrándome con ellos en cada rincón. No eran solo portales: eran umbrales, umbrales a otro mundo, que esperaban pacientes a que el viajero se atreviera a cruzarlos. A veces eran poemas tallados en madera, con sus arabescos, flores y surcos profundos, que te susurraban versos en silencio. Otras veces, solo percibías sus aldabas pesadas, en forma de puntas de metal afiladas, recordándome que a veces la belleza lleva implícito cierto poder y violencia. La mezcla de culturas se respiraba al tocar su superficie. A veces, podías palpar sus motivos florales procedentes de la Índia. A veces, su influencia árabe, cubiertas de inscripciones coránicas. Era algo tan característico de esta ciudad y, al mismo tiempo, me transportaba al Norte, como si caminase por la medina de alguna bonita ciudad de Marruecos.
Lo que no sabía es que, al volver a casa, acabaría encontrándome con una de esas puertas. Un acceso inexplorado, misterioso, dulce, creativo y seductor….De esos que dan miedo de cruzar. Puertas que te erizan la piel al tocarlas, porque alcanzan tu parte más sensible y vulnerable. Todo comienza con un roce tímido de la mano sobre el pomo. Luego la respiración contenida por la emoción y el pulso que se acelera cada vez más…Entonces llega la certeza de que tras ese gesto vendrá un baile improvisado entre la atracción y el temor. Sientes la puerta respondiendo a tu contacto con un gemido contenido, íntimo. Y al atravesarla, solo hay un cuerpo abierto, un abrazo lento e intenso, donde cada paso es un estremecimiento compartido.
Cómo le dije a mi amigo Rai, una puerta que te atrae y te hace huir a partes iguales, como si un imán gigante jugase contigo. Solo era cuestión de mantener la cabeza fría y no dejarse vencer por la inquietud. Ya veríamos si lo conseguía. Estaba acostumbrada a que el miedo fuese un compañero de camino, y aun así nunca había dejado de viajar. Sin embargo, esta vez se había acentuado. Lo sentía crecer dentro de mí, como si el corazón se expandiera hasta presionar los pulmones. La respiración se me entrecortaba. Y, sin embargo, tenía que mantener la compostura, disimular ese vértigo que me recorría desde la garganta hasta el estómago.
Las ventanas siempre son menos peligrosas. Están ahí y sólo te asomas a través de ellas para hacer alguna pequeña incursión, una breve aventura, siempre bajo control…Sabes que todo quedará ahí y volverás a tu lugar seguro, porque en el fondo es lo que buscas.
Una puerta es otra cosa. Abre un umbral distinto. Trascender a un nuevo espacio, a otro tiempo, a una dimensión desconocida…Otra versión de ti.

Descubre más desde Barcelona Escribe
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

