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¿No sabéis que son puertas a otros lugares?

Los columpios

Publicada el 29 noviembre, 2025 por Enric Gisbert

Normalmente la magia se lleva bastante mal con la física. Los hechizos malgastan lógica a lo bestia, cosa que suele generar efectos secundarios insospechados en el equilibrio del entorno razonable (si es que eso existe). Mejor alejarse cuando alguien practica brujería. Y más si es novato. Podrías acabar creyendo en la política o, peor aún, imaginando que vale la pena dedicarse a ella. Tengo un conocido que piensa en aquello de esforzarse, trabajar duro, para labrarse un futuro en esta vida. Seguro que le pilló de lleno algún encantamiento perdido.

Los columpios no son una excepción. Como fisuras interdimensionales de primer orden… 

… Perdonad… 

… ¿No sabéis que son puertas a otros lugares? ¿A otros espacios? ¿En serio…? Dejadme que os ilumine (un momento, que me crujo los dedos). 

Los columpios son brechas que nos transportan al recuerdo, a la fantasía, a mundos lejanos en dimensiones diferentes… No siempre, claro. Esto solo ocurre en días de lluvia, cuando dejan de caer gotas y se forma el espejo debajo de ellos. Uno cree que son simples charcos, pero de eso nada. Después de los chubascos, el petricor y la frescura del ambiente se junta con tu ropa empapada, el barro de la botas, el brillo de las piedras húmedas y con olores variados que van desde el de pipí de gato hasta sudor de quelonio, pasando por el de tetrabrik chorreante, cristal roto o canelones gratinados regurgitados… En fin, un montón de elementos, aliándose entre ellos de tal modo que convierten el reflejo del agua estancada en uno de los métodos de transporte mágico más eficaz que uno pueda imaginar. 

Pero volvamos al tema de la física, que es donde radica la dificultad en el uso de estos pasadizos. 

Si hay viento, mal. Se necesita un reflejo impecable. Las perturbaciones en la superficie hacen que resulte imposible precisar el lugar de destino. Cualquier reverberación, por nimia que os parezca, puede resultar fatal. No solo por volver imprecisa cualquier selección de destino sino también por las posibles secuelas que podría sufrir el sujeto transportado. 

Sin ir más lejos, mi cuñado quería ir a ver dinosaurios. Quiso la mala fortuna que una pequeña hormiga tuviera la brillante idea de darse un baño justo en el momento en el que saltaba desde el columpio. Tardó bastante en volver. Demasiado. Mi hermana ya se había vuelto a casar. El pobre no dijo dónde había estado, supongo que por vergüenza. Aunque la ubicación tampoco era demasiado importante, comparada con el cambio que se produjo en su anatomía. Por más que intentamos quitarle importancia —la familia, obviamente; los amigos aún se cagan de risa al verle—, lucir una oreja entre ceja y ceja no es una visión muy común. Además, si miras por el agujero que ha dejado el órgano anteriormente citado, se ve el hígado. Algo no cuadra demasiado.

Asimismo, el salto desde el columpio al charco debe ser limpio. Se recomienda entrar en el reflejo de palillo, bien estiradas las puntas de los pies, bien pegados los brazos a los costados y con la barbilla alta, lo más marcial posible. Si se hace correctamente, se puede atravesar la puerta sin apenas mojarse. Aunque mucho mejor si se cierran los dientes con fuerza, el estallido que se genera al cruzar finalmente la cabeza suele ser perjudicial para el oído interno. No son infrecuentes perforaciones de tímpano, eventuales problemas de equilibrio (a veces crónicos) o incluso se han dado pérdidas auditivas de entre el treinta y el cincuenta por cierto, sobre todo agudos, en las frecuencias entre los quinientos y los ocho mil hercios. 

Como soy bobo, tengo la estúpida costumbre de saltar con la boca abierta. Me lo dice mi cuñado, que suele acompañarme los días de lluvia para aportar su experiencia. Insiste en que tengo un estilazo, pero que al dejarme caer hago una mueca y, en vez de apretar los piños, cierro fuerte los ojos y se me afloja el mentón. 

Y así estoy: todo en su sitio, pero sordo como una tapia.

Por cierto. Funciona mejor con los columpios de soga que con los de cadena. No me preguntéis por qué.

s3r r4Rø

Enric Gisbert

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.

www.macrorraro.com

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