Barcelona, 1972. La calle Conde del Asalto olía a aceite recalentado, a lejía y al tenue aroma de suavizante de la ropa tendida en los balcones. Era una calle estrecha, donde la oscuridad se impregnaba en las paredes. En los charcos, las siluetas de los edificios gastados del Raval se distorsionaban bajo el chirimiri.
Allí, en un rincón cercano del Bagdad, donde la ciudad parecía contener la respiración, colgaban dos faroles rojos marcando la entrada de un restaurante chino llamado el Dragón de Jade.
Allí trabajaba Liu.
Había llegado hacía dos meses desde Hong Kong tras su paso por Vietnam, con su mujer y su hijo, buscando un lugar mejor, lejos de las guerras que había dejado atrás.
La pequeña comunidad china era un laberinto de secretos, silencios y deudas. El dueño del restaurante, Lao Kun, era conocido por su tacañería. Pagaba a sus trabajadores lo que le daba la gana y descontaba cualquier error, real o inventado. Nadie se atrevía a discutirle. Se decía que todo aquel que se rebelaba acababa en algún contenedor del puerto.
–Eres un vago. ¡No sabes hacer nada! –gritaba Kun mientras fumaba su eterno cigarrillo.
Liu trabajaba más de doce horas cada día y, tras más de dos meses sin cobrar, se atrevió a hablar:
–Señor Lao, necesito que me pague lo que me debe.
Kun soltó una carcajada:
–¿Cómo te atreves? ¡Eres un holgazán! Cada vez que coges un plato, se te rompe. Considérate afortunado por tener trabajo y un plato de comida.
Liu respiró hondo, se armó de valor, dejó su delantal sobre la mesa y se marchó.
El castigo no tardó en llegar. Lao Kun llenó las calles de calumnias:
–Liu es un ladrón. Un vago. No sirve para nada.
Nadie quiso darle trabajo. Liu acabó suplicando por un plato de arroz seco con salsa de soja.
Hasta que una noche, en la trastienda del restaurante, Tao y Wei jugaban al mahjong con Kun. El humo denso, el licor barato y la tensión flotaban como un espeso manto.
–¡Eres un tramposo, Lao Kun! ¡Acabas de sacar una ficha del bolsillo! –gritó Wei.
La mezcla de alcohol y rabia empujó a Wei a sacar un cuchillo de la mesa. Lao Kun lo miró con desprecio.
–¿Qué me vas a hacer con eso niñato? Si eres un cobarde.
Wei, tembloroso, dio un paso adelante, y la hoja se hundió en el abdomen de Kun. La sangre brotó, tiñendo la camisa de rojo oscuro.
No hubo gritos. No hubo llamadas a la policía. Nadie quiso explicar lo que había pasado. Dijeron después que fue un accidente.
Esa misma noche, Tao y Wei subieron al primer barco mercante con bandera de Taiwán.
La semana siguiente, Liu ya tenía trabajo. Le había acogido la familia Wong, en su restaurante del paseo Colón. Parecía que a Liu se le había cambiado la suerte.
Nadie volvió a hablar de Lao Kun.
Pero los faroles rojos de la calle Conde del Asalto siguieron alumbrando las oscuras siluetas de la noche.
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