
Me ha faltado una última conversación contigo. Tú y yo, que apenas teníamos secretos.
Ahora ya no puedo hablarte, decirte que estás muerto, explicarte que tu funeral fue como lo deseabas –Y tú te habrías emocionado, o quizás habrías renegado con algún detalle–, decirte que estabas muy feo allí en la caja –Y Seguro que tú te habrías reído–, preguntarte cómo estás ahora, dónde estás.
Tú y yo, de niños, en la estación de Biarritz, de camino a Rusia. Fuimos el uno para el otro, el padre y la madre que perdimos, el hermano y la hermana que nunca tuvimos. Entre nosotros surgió un lenguaje de gestos y signos que con nadie más podré hablar. Apretamos nuestros cuerpos en las noches heladas del trayecto a San Petersburgo. Aliviamos nuestras penas consolándonos el uno al otro. Ahora que no tengo a quién consolar, mi pena se hace inmensa.
Cuando me separaron de ti, en el internado, supe que volvería a reunirme contigo, y esa esperanza fue para mí más importante que la de regresar a España. Mi patria estaba en la tierra que pisabas. Mi patria eras tú. Ahora ya no tengo patria.
Volvimos a encontrarnos, cambiados por fuera y hablando ruso. Aún cargando las mismas maletas y con el mismo frío en el cuerpo. Ese frío que pudimos combatir unidos y que ahora me penetra en los huesos.
Ahora te hago caso, cocino la carne poco hecha y añado la sal al darle vuelta. Tenías razón, queda mejor. Ayer pasé por el Katerina y entré a tomar un Vodka contigo. Luego paseamos juntos por la plaza roja hasta que cogimos el metro a Basmanni. En algún momento del trayecto desapareciste, pero al entrar en casa estabas en el sofá tomando tu cortado. Y no te pude tocar.
Algún día me tendré que deshacer de tu maleta, y cuando lo haga tiraré también la mía.
Quizás nunca más volvamos a encontrarnos.
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