Uno de los defectos graves de ser una dragona es el natural agarrado de mi especie; acumulas cosas sin ton ni son, rollo síndrome de Diógenes. Además si, como en mi caso, eres una dragona mágica y dispones de un marsupio en el vientre de treinta mil metros cuadrados, con palmeras, zona ajardinada y playa privada, es absolutamente imposible dejar nada atrás. ¿Que me falta sitio en la biblioteca o en la colección de discos de Frank Zappa? Tengo un conocido muy manitas que, invitándole a un cóctel, me monta un adosado en un par de días.
Claro, después de tres o cuatro mil años de existencia, una ya se ha comido unas cuantas depres potentes. Cuando tengo crisis de identidad, ataques de soledad, me harto de todo o simplemente que me ha bajado el período, me dan ganas de salir volando, hacer un paréntesis en mi vida y dejarlo todo.
Lo cierto es que la semana pasada tuve uno de esos momentos catárticos, me apetecía una renovación. Y como comprenderéis, elevarse con todas aquellas toneladas acumuladas dentro de mí es bastante complicado.
¡Necesitaba liberar peso! ¡Acercarme a las aristas de Casiopea en un par de aletazos! ¡Hacer un viaje laaaaargo sin ataduras!
Le estuve dando vueltas e ideé un plan. ¿Os acordáis de Brutus? El Yorkshire, sí; el perrete intensito del otro cuento. Pues pensé en ir a visitarlo, meterlo dentro de mi marsupio una semanita y que lo cagase y lo mease todo, que se comiera los libros, los discos y los muebles. Con un poco de suerte hasta se cargaría algún adosado.
Así que me fui a casa de su dueño, el peque del pijama. Como siempre, abrieron los padres. Y como siempre, al ver una dragona de setenta y cinco metros de altura delante de casa, se desmayaron los dos y cayeron hacia atrás como un tablón. Me supo mal, porque, como se iban despertando y volviéndose a desmayar todo el tiempo, en una de ellas el papá se hizo popó. Eso sí, Brutus y el peque, súper felices de volver a verme.
Les comenté mi plan. Brutus, frotándose las patitas de placer, aceptó el reto de redecorar mi marsupio encantado. Incluso propuso un descampado cercano para que pudiésemos tirar todo lo que se iba a cargar.
—San Juan está cerca —ladró—. ¡Lo podremos quemar todo!
—No seas bruto, Brutus —le riñó el niño—. Oye, Fiametta. ¿No sería mejor alquilar un Bluespace?
s3r r4Rø
15-04-2025

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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