Mis brazos sangraban profusamente víctimas de cien zarpazos. El animal se agarraba a la mosquitera de la ventana, bufando salvajemente. En un último tirón, conseguí arrancarlo del marco; salí despedido y la barandilla se comió mis riñones. Casi me caí del balcón. Agotado por el esfuerzo, lancé al morrongo lo más lejos que pude. Lo vi caer hasta que se agarró con fuerza a una rama, todavía gruñendo, todavía mirándome con rabia infinita.
Abajo, en la acera, me acechaban con odio siete más, los siete anteriores, blandiendo sus colas, desafiantes. No había perdón en sus ojos. Gatos de mierda con sus siete vidas de mierda…, ni aunque los tires desde un tercero se mueren, lamenté. Me dolían los brazos, no sólo por los cortes, sino también por la paliza de lanzar tanto felino por el balcón. Al último no lo encontraba; a saber dónde se habría escondido.
Rabioso, fui a por su colección de vinilos. Por el camino, me crucé con el tocadiscos. Arranqué el cable, me puse el trasto bajo el brazo, agarré uno de los altavoces con la otra mano y volví a la puerta del balcón.
Entonces la vi, mirándome de reojo, huyendo con el último gato al hombro y la maleta repleta, medio cerrada y perdiendo cosas. Junto con un par de bragas que colgaban de un libro de Amelie Mothomb asomaban varias portadas.
—¡Ah, no! ¡El de Led Zeppelin y el Stop Making Sense de los Talking son míos! —le grité, tirándole el bafle a la cabeza. Fallé por poco. Ella se escabulló por el rellano, agachada, escaleras abajo.
Fuí a por el otro altavoz, pero me encontré con algo más goloso: su caja de maquillaje. ¡Fabuloso!, me dije. Lo cogí todo como pude, salí trastabillando y lo lancé todo a la calle. Tocadiscos, bafle y caja se hicieron añicos contra los adoquines.
Había algo catártico en toda aquella destrucción. Al ver las pinturas desparramadas, una especie de paz se apoderó de mí y el sosiego empezó a recorrer mis venas. Me di cuenta de que todo el barrio estaba mirando. En ese momento ella cruzó la calle, cargada, seguida por los gatos, sin mirar atrás. The Lovecats, de The Cure, cayó de la maleta y quedó tirado sobre el asfalto. Una furgoneta le pasó por encima.
Creo que esta vez me va a costar mucho que vuelva.
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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