Aurora Trigo Catalina
Núria vestía ropas compradas en el mercado de segunda mano cercano a su casa. Vivía en un pequeño piso compartido del casco antiguo de Barcelona, que había llenado de suculentas y de cactus. Hablaba en un tono suave y reaccionaba con humildad a las provocaciones de la gente. Su vida transcurría lenta, lejos de su pueblo natal en el Pirineo. Había decidido irse a estudiar a la gran ciudad, Barcelona, donde estudiaba biología. En su pequeña habitación, que había convertido en una especie de templo de paz, el tiempo parecía detenerse cada tarde, junto a sus libros.
Helena, su compañera de la facultad, vivía en un gran piso de Pedralbes y era la encarnación de la sofisticación. Siempre llegaba a clase tarde, en su coche. Llevaba unos fuertes perfumes importados y a veces, sus botas de tacón sonaban por los pasillos como un anuncio de su presencia en el aula. Hablaba fuerte, elegía palabras grandilocuentes y parecía que el mundo mismo se ordenaba a su paso. Su vida parecía depender de los mensajes de móvil que continuamente invadían el aula, con unos irritantes tonos agudos cada dos o tres minutos. Su cabello rubio y lacio, sus pantalones estrechos y su figura espectacular, la habían convertido en una persona deseada y, a la vez, inaccesible para muchos de los estudiantes que la cortejaban.
Ambas, aunque distintas, se conocieron en el jardín de la facultad, un espacio donde cada estudiante cuidaba un trozo de tierra. Núria plantaba hierbas y tomates, mientras Helena plantaba rosales franceses y especias sofisticadas de países lejanos. Al principio, todos admiraban a Helena: su porte, su seguridad, su capacidad para convencer a cualquiera de cualquier cosa…
—Núria, deberías mejorar tu parcela. Se ve… demasiado rústica —dijo un día Helena, lanzando una mirada de desprecio a las matas de albahaca.
Núria sonrió, como si el comentario no le hubiera rozado. Pero por dentro, algo empezó a crecer, como una semilla olvidada. Recordaba a su abuelo y a los veranos que pasaba junto a él en el Pirineo, rodeados de árboles, de casas de piedra y de paseos por los bosques y las lecturas de cómics en los campos de heno.
Los meses pasaron. Helena ganó fama en la facultad: organizó eventos, recaudó fondos, transformó su trozo de jardín en un escaparate de plantas exóticas. A Núria le relegaron el rincón más sombrío, donde nada florecía fácilmente.
No se quejó. Solo siguió trabajando en silencio. Pero cada tarde, mientras plantaba discretamente nuevas semillas, sonreía para sí misma.
En primavera, cuando todo el jardín parecía una postal de revista, las flores de Helena empezaron a marchitarse. Las rosas importadas no soportaron el clima seco. Las especies de Asia se infestaron de hongos y hormigas. Tan sólo el rincón sombrío de Núria brotaba una vida vibrante y salvaje: hierbas aromáticas, árboles frutales pequeños, flores mediterráneas de colores violetas, que resistían cualquier embate.
Los profesores y resto de compañeros empezaron a pasar de largo frente a plantas sofisticadas de Helena y se detenía en la humilde parcela de Núria, embriagados por el aroma de la menta, del tomillo y de la lavanda. Su compañero de facultad, Emilio, que en un principio había caído hechizado por la sofisticación de Helena, empezó a interesarse por la sencillez de Núria. Salían juntos de la facultad e iban a la biblioteca a preparar los exámenes finales. La vida y las plantas seguían como si nada.
Una tarde, Helena, derrotada, se acercó con su vestido de lino caro, manchado de barro, al pequeño jardín donde Núria y Emilio ponían abono y probaban una nueva mezcla de tierras para las suculentas.
—¿Qué hiciste? ¿Cómo has conseguido ese esplendor? —susurró, con los ojos encendidos.
Núria, algo conmovida por el tono de su voz, le sostuvo la mirada por primera vez.
—Nada extraordinario —respondió—. Solo dejé que la naturaleza siguiera su curso.
El silencio entre ambas duró apenas unos segundos, como si el tiempo se hubiera espesado con el aroma del tomillo.
Entonces, sin previo aviso, Núria alzó una pala de jardinería que estaba semioculta entre los arbustos y la estrelló contra la cara perfecta de Helena. El sonido fue seco, orgánico. Como si se rompiera una fruta madura.
Emilio chilló. La sangre manchó las flores de lavanda con una estética que, en otras circunstancias, habría resultado hermosa.
—Pero ¡¡¿qué haces, Núria?! —exclamó Emilio, intentando retroceder, tropezando con una jardinera de barro.
—Estoy eliminando las malas hierbas, Emilio —dijo ella con una serenidad helada—. A veces hay que eliminar las especies invasoras y aprovecharlas para hacer compost.
Helena intentó arrastrarse, pero Núria, ya en absoluto trance, sacó de su mochila una pequeña sierra para esquejes y empezó a rebanar el rostro de Helena con precisión quirúrgica, como si cortara ramas secas. La tierra se empapó de rojo, y un gorrión posado en el seto soltó un trino inocente.
Minutos después, cuando los gritos y los trinos se extinguieron y solo se oía el castañeo de los dientes de Emilio, Núria se limpió las manos en su delantal de jardinería. Observó su rincón del jardín: perfecto, ahora sí, y también vibrante y maravilloso. Helena era, ahora, parte del compost.
Se giró hacia Emilio, que balbuceaba con la mirada perdida y los labios temblando de conmoción.
—Tranquilo, cariño. Con un buen abono, la menta crecerá aún más fresca.
Sonrió. Por primera vez, su sonrisa no era dulce. Era…orgánica.

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