Consigna: Inspirada en Etgar Keret. Relato donde el objeto forma un vínculo con el sujeto
Aquella noche fue distinta de las anteriores. Rigoberta y Filiberto, mis zapatos, no estaban junto a los pies de la cama, ni en el armario, ni tampoco escondidos detrás de las cortinas. Se habían marchado de viaje sin avisar. Querían vivir aventuras en tierras lejanas y habían pensado que yo no estaba preparada para acompañarlos.
—¿Por qué? ¿Habían querido dejarme de lado? ¿Ya no era su amiga especial?
En mi búsqueda absurda por la habitación, con la esperanza de encontrarlos, mi respiración se hacía cada vez más difícil. Me metí de nuevo en la cama y me tapé la cara con la sábana, intentando contener las lágrimas que empezaron a brotar sin orden ni concierto.
Mi padre, como casi cada noche, se levantó. Tenía el oído muy fino y cualquier ruido nocturno lo alertaba. Llevaba meses en aquella odisea de noches ajetreadas, donde cualquier historia era posible. Se acercó a mí y me acarició suavemente la cara.
—Clara, cariño, ¿qué pasa?
—Mis zapatos, papá, se han ido. No me han esperado. Se han ido de viaje y no me han pedido que fuese con ellos.
—No te preocupes, corazón. Ellos no te van a dejar. Solo se han marchado un rato, luego volverán. Ya verás.
—No lo creo, papá. ¡Mira qué felices están! No parecen echarme de menos.
—¿Por qué no te incorporas y me acompañas al baño?
—No, papá. Esta vez no. Si te acompaño, dejaré de ver a mis amigos y ya no podré alcanzarlos en este viaje.
—Ya sabes que es necesario que te laves la cara. Luego verás cómo todo vuelve a su sitio.
—No quiero, papá. Dame un poco de tiempo para alcanzarlos. Al menos tengo que saber hacia dónde se dirigen. Así, la próxima vez podré acompañarlos. No quiero que me dejen aquí.
A medida que hablaba con mi papá, sentía una bola enorme en mi garganta que no paraba de crecer y moverse. De un momento a otro saldría de mi boca. Al final, no la pude dominar. Salió disparada y comencé a llorar. Lloré y lloré, porque sabía que mi padre tenía razón, que poco podía hacer para retener o buscar a mis amigos. Esa noche, antes de partir, se habían girado a mirarme y me habían dicho adiós con esa especie de sonrisa extraña que tienen los zapatos.
Mi papá me abrazó fuerte, me cogió en sus brazos y me llevó al baño. Abrió el grifo y dejó correr el agua un buen rato para que estuviese lo más fría posible. Me inclinó hacia delante y me puso la cara bajo el chorro. Fue un shock. De repente, volví a la realidad, todavía con los ojos llorosos. Mis lágrimas se habían mezclado con el agua y toda mi cara estaba empapada, chorreando pecho abajo.
—Ya está —dijo mi papá—. Tus amigos Rigoberta y Filiberto volverán mañana por la noche y te explicarán sus aventuras en el desierto, la selva y todos los lugares que hayan recorrido esta noche.
Me quedé pensando que tenía razón, pero las dudas seguían revoloteando en mi cabeza. ¿Y si no volvían? ¿Y si decidían quedarse allí, adonde hubiesen llegado? La incertidumbre me invadía poco a poco. Mi padre, que ya conocía mi desasosiego, decidió quedarse a mi lado un rato. Me cogió de la mano y permaneció allí hasta que el cansancio terminó por vencerme y me quedé dormida. Antes de marcharse, apoyó la mano sobre mi pecho durante unos segundos, como si quisiera asegurarse de que todo estaba bien y de que mi corazón latía tranquilo.
Había sido una noche más de tantas, pensó. Mi padre sabía que ellos ya no volverían nunca más.
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