
Yo era feliz, era una persona normal, hasta que aquel “Ente” apareció en mi vida.
Llevaba tres noches sin apenas dormir, apurando al máximo las fiestas de San Lorenzo y me disponía a echar una plácida siesta en la penumbra de mi cuarto para sobrevivir a las peores horas de canícula., cuando un zumbido irrumpió en mi oreja en el mismo momento en que empezaba a conciliar el sueño. Una mosca.
Me tapé con la sábana hasta las cejas, pero entonces la puñetera encontró una pista de aterrizaje en mi calvorota recién afeitada y empezó a pasearse por ella feliz como el Principito en su planeta. Mis intentos de relajación y mindfunless fueron vanos así que, a pesar de medio asfixiarme tapé toda mi cabeza a costa de dejar al descubierto mis pies ya que la sábana era de esas cortas que usaba mi abuela. Al poco, la muy astuta encontró mi dedo gordo y se introdujo en mi refugio. Si no me hubiera dejado llevar por la moda metrosexual, allí se habría quedado enredada sorteando vello hasta desanimarse pero hacía poco que me había sometido a depilación integral y la muy zorra llegó en un plis plas hasta mi nalga, en donde el cosquilleo fue insoportable. Entonces decidí hacerle frente. A pesar de ser una persona pacífica me levanté de un tirón y fui a buscar algún arma a la cocina. Lo más apropiado que encontré fue la espumadera de los huevos fritos pues yo no gasto venenos ni insecticidas.
“Mosca cojonera, te vas a enterar”. Corrí a por ella asestando golpes a diestro y siniestro que la muy ladina esquivaba con maestría. Parecía divertida. Entonces, la mosca empezó a vacilarme andando despacito por la mesilla mientras soltaba unas tremendas carcajadas y me miraba con ojos desafiantes.
Mi ira crecía por momentos. Me sobrevino una necesidad imperiosa de matar. Quería asesinarla, aplastarla a gorrazos, me puse muy violento. Sin embargo ella parecía divertirse. Disfrutaba con el juego. Por eso decidí sentarme y hablar muy seriamente con ella. Le pedí que por favor me dejara en paz, que yo no quería rollos, que la respetaba como ser vivo pero que en ese momento no estaba en disposición para el juego. Ella me escuchaba atentamente mirándome de forma escrutadora. Con expresión ofendida. Me recriminó entonces que la hubiera invitado a entrar en mi casa para luego ignorarla y rompió a llorar como una Magdalena. Verla así, tan afectada me rompió el corazón. Sentí una tremenda compasión por ella. Tuve que consolarla y la abracé todo lo fuerte que pude hasta que su llanto paró. Al apartarme vi que no movía ni una seta de su cuerpo y yacía patas arriba con alas lacias.
Comprendí que ahora sí, sin quererlo la había matado, y su fantasma me perseguiría de por vida.
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